especie de insensibilidad hacia las condiciones corporales enfermizas que probablemente ningún otro registro humano muestre. Pero mientras que el desdén puramente moralista requiere un esfuerzo de voluntad, el desdén cristiano es el resultado de la excitación de un tipo superior de emoción, en cuya presencia no se requiere ningún esfuerzo de voluntad.
El moralista debe contener la respiración y mantener los músculos tensos; y mientras esta actitud atlética es posible, todo va bien: la moralidad basta. Pero la actitud atlética tiende siempre a desmoronarse, e inevitablemente se desmorona incluso en los más vigorosos cuando el organismo comienza a decaer, o cuando los miedos morbosos invaden la mente. Sugerir la voluntad y el esfuerzo personales a alguien bañado de pálido matiz por la sensación de irremediable impotencia es sugerir la más imposible de las cosas. Lo que ansía es ser consolado en su propia impotencia, sentir que el espíritu del universo lo reconoce y lo ampara, por muy decadente y desfalleciente que sea.
Bien mirado, en última instancia todos somos unos fracasados indefensos. Los más cuerdos y mejores de entre nosotros estamos hechos de la misma arcilla que los lunáticos y los presos, y la muerte acaba por derribar al más robusto de nosotros.
Y siempre que sentimos esto, nos invade un tal sentimiento de la vanidad y la provisionalidad de nuestra trayectoria voluntaria que toda nuestra moralidad se nos antoja apenas como un apósito que oculta una llaga que jamás podrá curar, y todo nuestro buen hacer como el más hueco de los sucedáneos de ese bienestar en el que nuestras vidas deberían fundamentarse, ¡pero que, ay!, no lo hacen.
Y aquí es donde la religión viene en nuestro rescate y toma nuestro destino en sus manos.