“Acepto el universo” se dice que era una de las expresiones favoritas de nuestra trascendentalista de Nueva Inglaterra, Margaret Fuller; y cuando alguien le repitió esta frase a Thomas Carlyle, se cuenta que su comentario sardónico fue: “¡Caramba! ¡Más le vale!”. En el fondo, la preocupación entera tanto de la moral como de la religión gira en torno a la manera en que aceptamos el universo. * ¿Lo aceptamos solo en parte y a regañadientes, o de corazón y por completo? * ¿Han de ser radicales e implacables nuestras protestas contra ciertas cosas que hay en él, o pensaremos que, incluso con el mal, existen formas de vivir que deben conducir al bien? * Si aceptamos el todo, ¿lo haremos como si estuviéramos atónitos y sumisos —tal como Carlyle querría que lo hiciéramos: “¡Caramba! ¡Más nos vale!”—, o lo haremos con asentimiento entusiasta? La moral pura y simple acepta la ley del todo que halla imperante, hasta el punto de reconocerla y obedecerla, pero puede obedecerla con el corazón más pesado y frío, y sin dejar nunca de sentirla como un yugo. Pero
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Conferencia II
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