maneras prácticas, pero no son hijas de su reino. O bien son incapaces de imaginar lo invisible; o de lo contrario, en el lenguaje de la devoción, son objeto perpetuo de «esterilidad» y «sequedad». Tal ineptitud para la fe religiosa puede tener en algunos casos un origen intelectual. Sus facultades religiosas pueden verse frenadas en su tendencia natural a expandirse por creencias sobre el mundo que resultan inhibidoras —las creencias pesimistas y materialistas, por ejemplo, dentro de las cuales tantas almas buenas, que en otros tiempos habrían dado rienda suelta a sus propensiones religiosas, se encuentran hoy en día, por decirlo así, congeladas—, o por los vetos agnósticos a la fe considerada como algo débil y vergonzoso, bajo los cuales muchos de nosotros hoy yacemos acobardados, temerosos de usar nuestros instintos. En muchas personas tales inhibiciones nunca se superan. Hasta el fin de sus días se niegan a creer, su energía personal jamás llega a su centro religioso, y este último permanece inactivo a perpetuidad.
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Conferencia IX
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