La religión de la mentalidad sana
Si hubiéramos de formular la pregunta: «¿Cuál es la principal preocupación de la vida humana?», una de las respuestas que obtendríamos sería: «La felicidad».
Cómo alcanzar, cómo conservar, cómo recuperar la felicidad es, de hecho, para la mayoría de los hombres en todo momento el motivo secreto de todo lo que hacen y de todo lo que están dispuestos a soportar.
La escuela hedonista de la ética deduce la vida moral enteramente a partir de las experiencias de felicidad y desdicha que conllevan los diferentes tipos de conducta; y, más aún en la vida religiosa que en la moral, la felicidad y la desdicha parecen ser los polos en torno a los cuales gira el interés.
No necesitamos llegar al extremo de afirmar, con el autor que cité hace poco, que cualquier entusiasmo persistente es, como tal, religión, ni tampoco calificar el mero reír de ejercicio religioso; pero sí debemos admitir que cualquier disfrute persistente puede producir el tipo de religión que consiste en una agradecida admiración por el don de una existencia tan feliz; y debemos asimismo reconocer que las formas más complejas de experimentar la religión son nuevas maneras de producir felicidad, maravillosos caminos interiores hacia un tipo sobrenatural de felicidad, cuando el primer don de la existencia natural resulta ser infeliz, como tan a menudo demuestra serlo.
Con tales relaciones entre la religión y la felicidad, tal vez no sorprenda que los hombres lleguen a considerar la felicidad que otorga una creencia