—amor, justicia, templanza— en sus distintas aplicaciones, así como el océano recibe diferentes nombres en las diversas costas que baña. En la medida en que se aparta de estos fines, el hombre se priva de poder, de auxiliares. Su ser se encoge... se hace cada vez menor, una mota, un punto, hasta que la maldad absoluta es la muerte absoluta. La percepción de esta ley despierta en la mente un sentimiento que llamamos el sentimiento religioso, y que constituye nuestra más alta felicidad. Maravilloso es su poder para encantar y para mandar. Es un aire de montaña. Es el embalsamador del mundo. Hace sublimes el cielo y las colinas, y la canción silenciosa de las estrellas es él. Es la bienaventuranza del hombre. Lo hace ilimitado. Cuando dice «debo»; cuando el amor le advierte; cuando elige, advertido desde lo alto, la obra buena y grande; entonces, melodías profundas vagan por su alma procedentes de la suprema sabiduría. Entonces puede adorar, y verse engrandecido por su adoración; pues jamás puede ir más allá de este sentimiento. Todas las expresiones de este sentimiento son sagradas y permanentes en proporción a su pureza. [Nos] afectan más que todas las demás composiciones. Las sentencias de los tiempos antiguos, que exhalan esta piedad, siguen siendo frescas y fragantes. Y la impresión singular de Jesús sobre la humanidad, cuyo nombre no está tanto escrito como surcado a arado en la historia de este mundo, es prueba de la sutil virtud de esta
Tal es la religión emersoniana. El universo posee un alma divina de orden, la cual alma es moral, siendo también el alma dentro del alma del hombre. Pero si esta alma del universo es una mera cualidad como el brillo del ojo o la suavidad de la piel, o si es una vida consciente de sí misma como la