del umbral de la miseria, y la buena calidad de los momentos de éxito en sí mismos, cuando se producen, se arruina y corrompe. Todos los bienes naturales perecen. Las riquezas vuelan; la fama es un soplo; el amor es un engaño; la juventud, la salud y el placer se desvanecen. ¿Pueden ser los bienes reales que nuestras almas exigen aquellas cosas cuyo fin es siempre el polvo y la desilusión? Detrás de todo está el gran espectro de la muerte universal, la negrura que todo lo abarca:—
“¿Qué provecho tiene el hombre de todo su trabajo con que se afana debajo del sol? Miré yo todas mis obras que habían hecho mis manos, y he aquí, todo era vanidad y aflicción de espíritu. Porque lo que sucede a los hijos de los hombres, y las bestias, un mismo suceso es: como muere el uno, así muere la otra; una misma respiración tienen todos; ni tiene más el hombre que la bestia; porque todo es vanidad. Todo va a un mismo lugar; todo es hecho del polvo, y todo volverá al polvo. … Los muertos nada saben, ni tienen más paga; porque su memoria es puesta en olvido. También su amor y su odio y su envidia fenecieron ya; ni tienen más parte jamás en todo lo que se hace debajo del sol. … Suave ciertamente es la luz, y deleitoso es a los ojos ver el sol: mas si el hombre viviere muchos años, y en todos ellos se gozare, acuérdese de los días de las tinieblas, porque serán muchos.”
En resumen, la vida y su negación están inextricablemente unidas a golpes. Pero si la vida es buena, su negación debe de ser mala. Sin embargo, ambos son hechos igualmente esenciales de la existencia; y toda felicidad natural parece así infectada de contradicción. El hálito del sepulcro la envuelve.
Para una mente atenta a este estado de cosas y sujeta con razón al frío destructor de la alegría que semejante contemplación engendra, el único