Seguramente todos conocemos de manera general este método para desacreditar los estados mentales hacia los que sentimos antipatía. Todos lo empleamos en cierta medida al criticar a personas cuyos estados mentales consideramos exagerados.
Pero cuando otras personas critican nuestros propios vuelos anímicos más exaltados llamándolos «nada más que» expresiones de nuestra disposición orgánica, nos sentimos indignados y heridos, pues sabemos que, sean cuales fueren las peculiaridades de nuestro organismo, nuestros estados mentales tienen su valor sustantivo como revelaciones de la verdad viviente; y desearíamos que todo este materialismo médico pudiera obligarse a callar.
El materialismo médico parece en verdad un buen nombre para el sistema de pensamiento demasiado simple que estamos considerando.
El materialismo médico despacha a san Pablo calificando su visión en el camino de Damasco como una lesión de descarga de la corteza occipital, siendo él un epiléptico. Extingue a santa Teresa considerándola una histérica, y a san Francisco de Asís como a un degenerado hereditario. El descontento de George Fox con las farsas de su época y su anhelo de veracidad espiritual los trata como síntomas de un colon trastornado. Los tonos agónicos de miseria de Carlyle los explica mediante un catarro gastroduodenal.
Todas esas sobretensiones mentales —afirma— son, en el fondo, meros asuntos de diátesis (autointoxicaciones muy probablemente), debidas a la acción pervertida de varias glándulas que la fisiología descubrirá algún día.
Y el materialismo médico cree entonces que la autoridad espiritual de todos estos personajes queda exitosamente socavada.
Examinemos nosotros mismos la cuestión de la manera más amplia posible. La psicología moderna, al hallar conexiones psicofísicas definidas