inmediato; * o bien porque creemos que nos aportan buenos frutos consecuentes para la vida. Cuando hablamos despectivamente de «fantasías febriles», seguramente el proceso febril como tal no es el motivo de nuestro desprecio —por lo que sabemos en contra, 39,4 o 40 grados Celsius podrían ser una temperatura mucho más favorable para que las verdades germinen y broten que la temperatura sanguínea más habitual de 36 o 37 grados—. Es ya sea la desagradabilidad misma de las fantasías, o bien su incapacidad para soportar las críticas de la hora de la convalecencia. Cuando alabamos los pensamientos que trae la salud, los peculiares metabolitos químicos de la salud no tienen nada que ver en la determinación de nuestro juicio. De hecho, no sabemos casi nada acerca de estos metabolitos. Es el carácter de felicidad interior en los pensamientos lo que los marca como buenos, o bien su coherencia con nuestras otras opiniones y su utilidad para nuestras necesidades, lo que hace que pasen por verdaderos en
Ahora bien, los más intrínsecos y los más remotos de estos criterios no siempre van de la mano. La felicidad interior y la utilidad no siempre coinciden. Lo que de inmediato se siente como más «bueno» no siempre es lo más «verdadero», si se mide por el veredicto del resto de la experiencia. La diferencia entre el rey Filipo borracho y el rey Filipo sobrio es el caso clásico que lo corrobora. Si el mero «sentirse bien» pudiera decidir, la embriaguez sería la experiencia humana supremamente válida. Pero sus revelaciones, por muy agudamente satisfactorias que sean en el momento, se insertan en un entorno que se niega a respaldarlas durante mucho tiempo. La consecuencia de esta discrepancia entre ambos criterios es la incertidumbre que aún prevalece en tantos de nuestros juicios