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nydus/The Varieties of Religious ExperiencePublic
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Conferencia X: Conversión—Conclusión

Fue entonces cuando vi que esperar poner fin a este desorden mediante mi razón y mi voluntad, que estaban a su vez enfermas, equivaldría a actuar como un ciego que pretendiera corregir uno de sus ojos con la ayuda del otro, igualmente ciego. No me quedaba entonces más recurso que alguna influencia de fuera. Recordé la promesa del Espíritu Santo; y lo que las declaraciones positivas del Evangelio nunca habían logrado hacerme comprender, lo aprendí por fin de la necesidad, y creí, por primera vez en mi vida, en esta promesa, en el único sentido en que respondía a las necesidades de mi alma, a saber, el de una acción sobrenatural real y externa, capaz de darme pensamientos y de quitármelos, ejercida sobre mí por un Dios tan verdaderamente dueño de mi corazón como lo es del resto de la naturaleza. Renunciando entonces a todo mérito, a toda fuerza, abandonando todos mis recursos personales, y sin reconocer otro título para su misericordia que mi propia absoluta miseria, volví a casa, me arrodillé y rogué como jamás lo había hecho en mi vida. A partir de este día comenzó para mí una nueva vida interior: no es que mi melancolía hubiera desaparecido, pero había perdido su aguijón. La esperanza había entrado en mi corazón, y una vez adentrado en el camino, el Dios de Jesucristo, a quien entonces había aprendido a entregarme, poco a poco hizo el resto».

Huelga recordarles una vez más la admirable congruencia de la teología protestante con la estructura de la mente tal como se manifiesta en tales experiencias.

En el extremo de la melancolía, el yo que conscientemente es no puede hacer absolutamente nada. Está totalmente en bancarrota y sin recursos, y ninguna obra que pueda realizar servirá de nada. La redención de tales condiciones subjetivas debe ser un don gratuito o no será nada, y la gracia a través del sacrificio consumado de Cristo es un don semejante.

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