apesadumbrado, quejumbroso y mohíno, sin importar por qué males externos haya sido engendrado? ¿Qué resulta más perjudicial para los demás? ¿Qué es menos útil como vía de salida ante la dificultad? No hace más que fijar y perpetuar el problema que la ocasionó, e incrementar el mal total de la situación. A toda costa, por lo tanto, debemos reducir el influjo de ese estado de ánimo; debemos rechazarlo en nosotros y en los demás, y no mostrarle jamás tolerancia. Pero es imposible llevar a cabo esta disciplina en la esfera subjetiva sin enfatizar con celo los aspectos más brillantes y minimizar los más oscuros de la esfera objetiva de las cosas al mismo tiempo. Y así nuestra resolución de no complacernos en la desdicha, comenzando en un punto comparativamente pequeño dentro de nosotros mismos, puede no detenerse hasta haber llevado todo el marco de la realidad bajo una concepción sistemática lo suficientemente optimista como para congeniar con sus necesidades.
En todo esto no digo nada sobre ninguna percepción mística o persuasión de que el marco