dieran en hombres no religiosos. Es verdad que retrocedemos instintivamente ante la idea de ver un objeto al que están consagrados nuestras emociones y nuestros afectos tratado por el intelecto como se trata a cualquier otro objeto. Lo primero que hace el intelecto con un objeto es clasificarlo junto con alguna otra cosa. Pero cualquier objeto que sea infinitamente importante para nosostros y despierte nuestra devoción se nos antoja también como si debiera ser sui generis y único. Probablemente un cangrejo se llenaría de un sentimiento de indignación personal si pudiera oírnos clasificarlo sin más rodeos ni disculpas como un crustáceo, despachándolo así. «No soy nada de eso», diría; «soy yo mismo, yo solo».
Lo siguiente que hace el intelecto es poner al descubierto las causas en las que la cosa se origina. Spinoza dice: «Analizaré las acciones y los apetitos de los hombres como si se tratara de líneas, de planos y de sólidos». Y en otra parte señala que considerará nuestras pasiones y sus propiedades con el mismo ojo con el que contempla todas las demás cosas naturales, puesto que las consecuencias de nuestros afectos se siguen de su naturaleza con la misma necesidad con que resulta de la naturaleza de un triángulo que sus tres ángulos sean iguales a dos rectos. Del mismo modo, M. Taine, en la introducción a su historia de la literatura inglesa, ha escrito:
“Sean morales o físicos los hechos, da igual. Siempre tienen sus causas. Hay causas para la ambición, el valor, la veracidad, del mismo modo que las hay para la digestión, el movimiento muscular, el calor animal. El vicio y la virtud son productos como el vitriolo y el azúcar.”
Cuando leemos tales proclamaciones del intelecto empeñado en mostrar las condiciones existenciales de absolutamente todo, nos sentimos —prescindiendo por completo de nuestra legítima impaciencia ante la fanfarronería un tanto ridícula del programa, en vista de lo que los