que surge tras el logro de la unidad moral, es el estado de fe”. > > Varias creencias dogmáticas de repente, con la llegada del estado de fe, adquieren un carácter de certeza, asumen una nueva realidad, se convierten en objeto de fe. Como el fundamento de la seguridad aquí no es racional, la argumentación carece de relevancia. Pero al ser dicha convicción una mera ramificación casual del estado de fe, constituye un grave error imaginar que el principal valor práctico del estado de fe reside en su poder de estampar con el sello de la realidad ciertas concepciones teológicas particulares. > > Por el contrario, su valor radica únicamente en el hecho de ser el correlato psíquico de un crecimiento biológico que reduce los deseos contrapuestos a una sola dirección; un crecimiento que se expresa en nuevos estados afectivos y nuevas reacciones; en actividades más amplias, más nobles y más semejantes a las de Cristo. El fundamento de la seguridad específica en los dogmas religiosos es, por tanto, una experiencia afectiva. Los objetos de la fe pueden llegar a ser incluso absurdos; la corriente afectiva los mantendrá a flote y los investirá de una certidumbre inquebrantable. Cuanto más sorprendente sea la experiencia afectiva y menos explicable parezca, más fácil será convertirla en
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Conferencia X: Conversión—Conclusión
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