Tales ideas, y otras igualmente abstractas, forman el trasfondo de todos nuestros hechos, la fuente de todas las posibilidades que concebimos.
Le dan su «naturaleza», como la llamamos, a cada cosa especial. Todo lo que conocemos es «lo que» es al participar en la naturaleza de una de estas abstracciones.
Nunca podemos mirarlas directamente, pues carecen de cuerpo, de rasgos y de pies, pero nos aferramos a todas las demás cosas por medio de ellas, y al manejar el mundo real nos veríamos abatidos por la impotencia en la medida exacta en que pudiéramos perder estos objetos mentales, estos adjetivos y adverbios y predicados y encabezados de clasificación y concepción.
Esta absoluta determinabilidad de nuestra mente por las abstracciones es uno de los hechos cardinales de nuestra constitución humana. Polarizándonos y magnetizándonos como lo hacen, nos volvemos hacia ellas y desde ellas, las buscamos, las retenemos, las odiamos, las bendecimos, exactamente como si fuesen otros tantos seres concretos. Y seres son, seres tan reales en el reino que habitan como lo son las cosas cambiantes de los sentidos en el reino del espacio.
Plato gave so brilliant and impressive a defense of this common human feeling, that the doctrine of the reality of abstract objects has been known as the platonic theory of ideas ever since.
Abstract Beauty, for example, is for Plato a perfectly definite individual being, of which the intellect is aware as of something additional to all the perishing beauties of the earth.
«El verdadero orden de ascender —dice, en el pasaje a menudo citado de su “Banquete”— es utilizar las bellezas de la tierra como peldaños por los cuales uno asciende en pos de esa otra Belleza, yendo de uno a dos, y de dos