mi felicidad fue tan grande que dije que quería morir; este mundo no tenía lugar en mis afectos, que yo supiera, y cada día me parecía tan solemne como el día de reposo. Tenía un ardiente deseo de que toda la humanidad sintiera lo que yo sentía; quería que todos amaran a Dios por encima de todo. Antes de este tiempo yo era muy egoísta y beata; pero ahora deseaba el bienestar de toda la humanidad, y podía, con el corazón conmovido, perdonar a mis peores enemigos, y sentía como si estuviera dispuesto a soportar las burlas y los desprecios de cualquier persona, y a sufrir cualquier cosa por su causa, si pudiera ser el medio en las manos de Dios para la conversión de un
Nueve años más tarde, en 1829, el señor Bradley supo de un avivamiento religioso que había comenzado en su vecindario.
«Muchos de los jóvenes conversos», dice, «se me acercaban en las reuniones y me preguntaban si tenía religión, y mi respuesta por lo general era que esperaba tenerla. Esto no parecía satisfacerles; decían que ellos sabían que la tenían. Yo les pedía que rogasen por mí, pensando para mis adentros que, si no había alcanzado la religión ahora, después de tanto tiempo de profesar ser cristiano, ya iba siendo hora de que la tuviera, y esperaba que sus oraciones fuesen atendidas en mi favor. > > «Un día de Sabbath, fui a escuchar al metodista a la Academia. Habló de la llegada del día del juicio general, y lo expuso de una manera tan solemne y terrible como jamás había oído antes. La escena de aquel día parecía estar sucediendo, y tan despiertas quedaron todas las facultades de mi mente que, como