ni en contra de ningún oficio u ocupación —ni siquiera en contra de ningún animal, insecto o cosa inanimada, ni de ninguna de las leyes de la naturaleza, ni de ninguno de los resultados de esas leyes, como la enfermedad, la deformidad y la muerte—. Nunca se quejó ni refunfuñó, ni del tiempo, ni del dolor, ni de la enfermedad, ni de ninguna otra cosa. Jamás decía palabrotas. No podía hacerlo muy bien, ya que nunca hablaba con ira y aparentemente nunca se enojaba. Jamás mostró
Walt Whitman debe su importancia en la literatura a la expulsión sistemática de sus escritos de todos los elementos contráctiles.
Los únicos sentimientos que se permitió expresar fueron del orden expansivo; y los expresó en primera persona, no como podría expresarlos un simple individuo de monstruosa vanidad, sino vicariamente en nombre de todos los hombres, de modo que una emoción ontológica, apasionada y mística, impregna sus palabras y termina por persuadir al lector de que los hombres y las mujeres, la vida y la muerte, y todas las cosas son divinamente buenas.
Así ha llegado a suceder que muchas personas hoy en día consideren a Walt Whitman como el restaurador de la eterna religión natural.
Él las ha infundido con su propio amor por los camaradas, con su propia alegría de que él y ellas existan. Se forman sociedades en realidad para su culto; existe un órgano periódico para su propagación, en el cual las líneas de la ortodoxia y la heterodoxia ya empiezan a trazarse; otros escriben himnos en su prosodia peculiar; y se le compara incluso explícitamente con el fundador de la religión cristiana, no del todo en favor de este último.
A menudo se habla de Whitman como un «pagano». La palabra hoy en día significa a veces el simple hombre animal natural sin sentido del