Immanuel Kant sostenía una curiosa doctrina acerca de ciertos objetos de creencia como Dios, el diseño de la creación, el alma, su libertad y la vida ultramundana. Estas cosas, según decía, no son propiamente objetos de conocimiento en absoluto.
Nuestras concepciones siempre requieren un contenido sensorial con el cual trabajar, y como las palabras «alma», «Dios», «inmortalidad» no abarcan ningún contenido sensorial distintivo en absoluto, se sigue que, teóricamente hablando, son palabras carentes de cualquier significado.
Sin embargo, por extraño que parezca, tienen un sentido definido para nuestra práctica. Podemos actuar como si hubiera un Dios; sentirnos como si fuéramos libres; considerar a la Naturaleza como si estuviera llena de designios especiales; hacer planes como si fuéramos a ser inmortales; y descubrimos entonces que estas palabras marcan una diferencia genuina en nuestra vida moral.
Nuestra fe en que estos objetos ininteligibles existen realmente demuestra ser así un equivalente pleno, in praktischer Hinsicht, como lo llama Kant, o desde el punto de vista de nuestra acción, para un conocimiento de lo que podrían ser, en caso de que se nos permitiera concebirlos positivamente.
Así tenemos el extraño fenómeno, como nos asegura Kant, de una mente que cree con todas sus fuerzas en la presencia real de un conjunto de cosas de ninguna de las cuales puede formarse noción alguna.
Mi propósito al traer de nuevo a la memoria de ustedes la doctrina de Kant no es expresar opinión alguna sobre la exactitud de esta parte particularmente áspera de su filosofía, sino únicamente ilustrar la característica de la naturaleza humana que estamos considerando, con un ejemplo tan clásico en su exageración. El sentimiento de realidad puede, en verdad, vincularse tan fuertemente a nuestro objeto de creencia que nuestra vida entera queda polarizada de