Y así regreso a nuestro tema específico de las conversiones instantáneas.
Recordaréis los casos de Alline, Bradley, Brainerd y el graduado de Oxford convertido a las tres de la tarde. Ocurrencias similares abundan, algunas con visiones luminosas y otras sin ellas, todas con una sensación de felicidad asombrada y de obra de un control superior.
Si, haciendo abstracción total de la cuestión de su valor para la futura vida espiritual del individuo, las consideramos exclusivamente por su lado psicológico, hay tantas peculiaridades en ellas que nos recuerdan lo que hallamos fuera de la conversión, que nos sentimos tentados a clasificarlas junto con otros automatismos y a sospechar que lo que marca la diferencia entre un converso repentino y uno gradual no es necesariamente la presencia de un milagro divino en el caso del uno y de algo menos divino en el del otro, sino más bien una simple peculiaridad psicológica: el hecho, a saber, de que en el receptor de la gracia más instantánea nos hallamos ante uno de esos Sujetos que poseen una gran región en la que el trabajo mental puede desarrollarse de manera subliminal, y de la cual pueden provenir experiencias invasivas que alteren abruptamente el equilibrio de la conciencia primaria.