Y que una transformación tan gloriosa como esta deba necesariamente estar precedida por la desesperación lo muestra Edwards en otro pasaje.
«Ciertamente no puede ser irrazonable —dice— que, antes de que Dios nos libre de un estado de pecado y de la responsabilidad de la desgracia eterna, nos conceda una noción considerable del mal del que nos libra, a fin de que podamos conocer y sentir la importancia de la salvación, y seamos capaces de apreciar el valor de lo que Dios tiene a bien hacer por nosotros. Puesto que los salvados se encuentran sucesivamente en dos estados sumamente diferentes —primero en un estado de condenación y luego en un estado de justificación y bienaventuranza— y puesto que Dios, en la salvación de los hombres, trata con ellos como criaturas racionales e inteligentes, parece acorde con esta sabiduría que aquellos que son salvados cobren conciencia de su ser en esos dos estados diferentes. En primer lugar, que cobren conciencia de su estado de condenación; y después, de su estado de liberación y felicidad».