autores son en realidad capaces de realizar— amenazados y negados en los manantiales de nuestra vida más íntima. Semejantes asimilaciones a sangre fría amenazan, pensamos, con deshacer los secretos vitales de nuestra alma, como si el mismo aliento que lograra explicar su origen disipara simultáneamente su significado, haciéndolos parecer tampoco de mayor precio que los útiles ultramarinos de los que habla M. Taine.
Tal vez la expresión más común de esta suposición de que el valor espiritual se anula si se afirma un origen humilde se advierte en esos comentarios que las personas poco sentimentales suelen hacer sobre sus conocidos más sentimentales.
- Alfred cree en la inmortalidad con tanta fuerza porque su temperamento es muy emotivo.
- La extraordinaria escrupulosidad de Fanny es meramente una cuestión de nervios sobreestimulados.
- La melancolía de William respecto al universo se debe a una mala digestión; probablemente tiene el hígado perezoso.
- El entusiasmo de Eliza por su iglesia es un síntoma de su constitución histérica.
- Peter se preocuparía menos por su alma si hiciera más ejercicio al aire libre, etcétera.
Un ejemplo más plenamente desarrollado del mismo tipo de razonamiento es la moda, bastante común hoy en día entre ciertos escritores, de criticar las emociones religiosas mostrando una conexión entre estas y la vida sexual.
La conversión es una crisis de pubertad y adolescencia. Las maceraciones de los santos y la devoción de los misioneros son solo ejemplos del instinto paternal de autosacrificio descarriado. Para la monja histérica, hambrienta de vida natural, Cristo no es más que un sustituto imaginario de un objeto de afecto más terrenal. Y así sucesivamente.