Pero una identificación tan directa de la religión con cualquier forma de felicidad deja fuera la peculiaridad esencial de la felicidad religiosa. Las felicidades más comunes que obtenemos son «alivios», ocasionados por nuestros escapes momentáneos de males experimentados o amenazados. Pero en sus encarnaciones más características, la felicidad religiosa no es un mero sentimiento de escape. Ya no se preocupa por escapar. Consiente el mal exteriormente como una forma de sacrificio; interiormente sabe que ha sido superado permanentemente. Si preguntas cómo la religión recae así sobre las espinas y afronta la muerte, y en el acto mismo anula la aniquilación, no puedo explicar el asunto, porque es el secreto de la religión, y para entenderlo uno mismo debe haber sido un hombre religioso del tipo más extremo.
En nuestros futuros ejemplos, aun en el tipo más simple y de mentalidad más sana de conciencia religiosa, encontraremos esta compleja constitución sacrificial, en la cual una dicha superior mantiene a raya a una desdicha inferior. En el Louvre hay un cuadro, obra de Guido Reni, de San Miguel con el pie sobre el cuello de Satanás. La riqueza del cuadro se debe en gran parte a que la figura del demonio está ahí. La riqueza de su significado alegórico también se debe a que él está ahí; es decir, el mundo es mucho más rico por tener un diablo en él, siempre y cuando mantengamos nuestro pie sobre su cuello. En la conciencia religiosa, esa es justamente la posición en la que se halla el demonio, el principio negativo o trágico; y por esa misma razón la conciencia religiosa es tan rica desde el punto de vista emocional.
Veremos cómo en ciertos hombres y mujeres adopta una forma monstruosamente ascética.