“El extremo del hombre es la oportunidad de Dios” es la manera teológica de expresar este hecho de la necesidad de la abnegación; mientras que la manera fisiológica de afirmarlo sería: “Que uno haga todo lo que esté en su poder, y el propio sistema nervioso hará el resto”.
Ambas declaraciones reconocen el mismo hecho.
Para decirlo en los términos de nuestro propio simbolismo: Cuando el nuevo centro de energía personal ha estado incubándose subconscientemente el tiempo suficiente como para estar a punto de abrirse en flor, «¡manos fuera!» es la única consigna para nosotros, ¡debe brotar sin ayuda!
Hemos empleado el lenguaje vago y abstracto de la psicología. Pero puesto que, en cualquier término, la crisis descrita consiste en arrojar nuestro ser consciente a merced de unos poderes que, cualesquiera que sean, son más ideales que nosotros en la práctica y propician nuestra redención, comprenderán por qué la rendición del yo ha sido y debe ser siempre considerada el punto de inflexión vital de la vida religiosa, en la medida en que la vida religiosa es espiritual y no un asunto de obras exteriores, rituales y sacramentos.
Podría decirse que todo el desarrollo del cristianismo hacia la interioridad no ha consistido en poco más que en el énfasis cada vez mayor atribuido a esta crisis de la rendición del yo. Desde el catolicismo hasta el luteranismo, y luego al calvinismo; de este al wesleyano; y de ahí, fuera ya del cristianismo técnico, al «liberalismo» puro o idealismo trascendental, ya sea o no del tipo de la cura mental, abarcando en el camino a los místicos medievales, los quietistas, los pietistas y los cuáqueros, podemos trazar las etapas del progreso hacia la idea de una ayuda espiritual inmediata, experimentada por el individuo en su desamparo y que no necesita de forma esencial un aparato doctrinal ni una maquinaria propiciatoria.