En su reciente obra sobre la Psicología de la Religión, el profesor Starbuck, de California, ha demostrado mediante una investigación estadística hasta qué punto es paralela en sus manifestaciones la «conversión» ordinaria que se produce en los jóvenes criados en círculos evangélicos con ese crecimiento hacia una vida espiritual más amplia que constituye una fase normal de la adolescencia en toda clase de seres humanos. La edad es la misma, situándose por lo ordinario entre los catorce y los diecisiete años. Los síntomas son los mismos: sentimiento de incompletitud e imperfección; cavilación, depresión, introspección mórbida y sentimiento de pecado; ansiedad por el más allá; angustia ante las dudas y cosas por el estilo. Y el resultado es el mismo: un alivio feliz y una objetividad, a medida que la confianza en uno mismo se hace mayor mediante el ajuste de las facultades a la perspectiva más amplia. En el despertar religioso espontáneo, aparte de los ejemplos reavivistas, y en la habitual tempestad y tensión y época de muda de la adolescencia, también podemos encontrarnos con experiencias místicas que sorprenden a los sujetos por su repentinidad, exactamente igual que en la conversión reavivista. La analogía, de hecho, es completa; y la conclusión de Starbuck acerca de estas conversiones juveniles corrientes parecería ser la única sensata: La conversión es en su esencia un fenómeno adolescente normal, incidental al paso del pequeño universo del niño a la vida intelectual y espiritual más amplia de la madurez.
«La teología —dice el Dr. Starbuck— toma las tendencias adolescentes y se basa en ellas; observa que lo esencial en el crecimiento del adolescente es sacar a la persona de la infancia hacia la nueva vida de madurez y percepción personal. En consecuencia, pone en juego aquellos medios que intensificarán las tendencias normales. Acorta el período de duración de la tormenta y el estrés».