Otras características
Hemos vuelto a abrirnos paso, tras nuestra excursión por el misticismo y la filosofía, hasta donde nos encontrábamos antes: la utilidad de la religión, su utilidad para el individuo que la posee y la utilidad del propio individuo para el mundo son los mejores argumentos de que la verdad reside en ella.
Volvemos a la filosofía empírica: lo verdadero es lo que funciona bien, aun cuando siempre haya que añadir la matización «en conjunto».
En esta conferencia debemos volver de nuevo a la descripción y terminar nuestro retrato de la conciencia religiosa con unas palabras sobre algunos de sus otros elementos característicos.
Después, en una conferencia final, tendremos libertad para hacer una revisión general y extraer nuestras propias conclusiones independientes.
El primer punto de que hablaré es el papel que la vida estética desempeña en la determinación de la elección de una religión por parte de uno.
Los hombres, decía hace un momento, intelectualizan involuntariamente su experiencia religiosa. Necesitan fórmulas, del mismo modo que necesitan compañerismo en el culto.
Hablé, por tanto, con demasiado desdén de la inutilidad pragmática de la famosa lista escolástica de los atributos de la divinidad, pues tienen una utilidad que omití considerar. El elocuente pasaje en el que Newman los enumera nos pone sobre su pista.
Entonándolos como entonaría el servicio de una catedral, nos muestra cuán alto es su valor estético. Enriquece nuestra piedad despojada el llevar estas ensalzadas y misteriosas adiciones verbales, del mismo modo que enriquece a una iglesia tener un órgano y bronces antiguos, mármoles y frescos y vidrieras.
Los epítetos confieren una atmósfera y unos tonos armónicos a nuestra devoción. Son como un himno de alabanza y un servicio de gloria, y pueden sonar tanto más sublimes por ser incomprensibles. Las mentes como la de Newman se vuelven tan celosas de su crédito como los sacerdotes paganos lo son del de las joyas y ornamentos que brillan sobre sus ídolos.
Entre las construcciones de la religión en las que la mente se complace espontáneamente, el motivo estético nunca debe olvidarse.
Prometí no decir nada sobre los sistemas eclesiásticos en estas conferencias. Se me permitirá, sin embargo, decir unas palabras en este punto sobre la manera en que su satisfacción de ciertas necesidades estéticas contribuye a su arraigo en la naturaleza humana.
Aunque algunas personas aspiran sobre todo a la pureza y a la simplificación intelectual, para otras la riqueza es el requisito imaginativo supremo. Cuando la mente es firmemente de este tipo, una religión individual difícilmente servirá al propósito. La necesidad interior es más bien de algo institucional y complejo, majestuoso en la interrelación jerárquica de sus partes, con una autoridad que desciende de grado en grado, y en cada grado objetos para adjetivos de misterio y esplendor, derivados en última instancia de la Divinidad, que es la fuente y la culminación del sistema.
Uno se siente entonces como en presencia de alguna vasta obra incrustada de joyería o arquitectura; uno escucha la multitudinaria súplica litúrgica; uno recibe la vibración honorífica que proviene de todos los rincones.
Comparado con tan noble complejidad, en la que los movimientos ascendentes y descendentes no desentonan en absoluto con la estabilidad, en la que ningún elemento individual, por humilde que sea, carece de importancia, debido a que tantas instituciones augustas lo sostienen en su lugar, ¡cuán plano parece el protestantismo evangélico, cuán despojada la atmósfera de esas vidas religiosas aisladas cuya jactancia es que «el hombre en el arbusto puede encontrarse con Dios»!
¡Qué pulverización y nivelación de una estructura tan gloriosamente acumulada! Para una imaginación acostumbrada a las perspectivas de la dignidad y la gloria, el esquema evangélico desnudo parece ofrecer un asilo de indigentes en lugar de un palacio.
Es muy parecido al sentimiento patriótico de quienes se han criado en imperios antiguos.
¡Cuántas emociones deben de verse frustradas en su objeto cuando uno renuncia a los títulos de dignidad, a las luces carmesíes y al estrépito de los metales, al bordado de oro, a las tropas plumadas, al temor y al temblor, y se conforma con un presidente de levita que le estrecha la mano y que procede, tal vez, de un «hogar» en un veldt o una pradera, con una sola sala de estar y una Biblia en la mesa del centro!
¡Empobrece la imaginación monárquica!
La fuerza de estos sentimientos estéticos hace que sea rigurosamente imposible, según me parece, que el protestantismo, por muy superior que en profundidad espiritual pueda ser al catolicismo, logre hoy en día conseguir muchos conversos de la más venerable eclesiasticismo.
Este último ofrece un pasto y una sombra tan ricos a la fantasía, tiene tantas celdas con tantos tipos diferentes de miel, es tan indulgente en sus múltiples llamamientos a la naturaleza humana, que el protestantismo siempre presentará a los ojos católicos la fisonomía de un asilo de pobres. Su amarga negatividad resulta incomprensible para la mentalidad católica.
Para los católicos intelectuales, muchas de las creencias y prácticas anticuadas que la Iglesia apoya son, si se toman al pie de la letra, tan infantiles como lo son para los protestantes. Pero son infantiles en el sentido agradable de «niñas»—inocentes and amables, y dignas de ser contempladas con una sonrisa en consideración al estado poco desarrollado del intelecto de nuestra querida gente.
Para el protestante, por el contrario, son infantiles en el sentido de ser falsedades idióticas. Debe erradicar su delicada y entrañable redundancia, dejando que el católico se estremezca ante su literalidad. Este último se le aparece tan hosco como si fuera algún tipo de reptil de mirada dura, insensible y monótono.
Los dos nunca se entenderán—sus centros de energía emocional son demasiado diferentes. La verdad rigurosa y las complejidades de la naturaleza humana siempre necesitan de un intérprete mutuo. Hasta aquí las diversidades estéticas en la conciencia religiosa.
En la mayoría de los libros sobre religión, tres cosas se representan como sus elementos más esenciales. Estos son el Sacrificio, la Confesión y la Oración.
Debo decir unas palabras a su vez sobre cada uno de estos elementos, aunque brevemente. Primero, sobre el Sacrificio.
Los sacrificios a los dioses son omnipresentes en el culto primitivo; pero, a medida que los cultos se han refinado, los holocaustos y la sangre de los machos cabríos han sido reemplazados por sacrificios de naturaleza más espiritual.
El judaísmo, el islam y el budismo se las arreglan sin sacrificio ritual; lo mismo hace el cristianismo, salvo en la medida en que la noción se preserva de forma transfigurada en el misterio de la expiación de Cristo. Estas religiones sustituyen todas esas vanas oblaciones por ofrendas del corazón, renuncias del yo interior.
En las prácticas ascéticas que el islam, el budismo y el cristianismo más antiguo fomentan, vemos cuán indestructible es la idea de que el sacrificio de algún tipo es un ejercicio religioso. Al dar conferencias sobre el ascetismo, hablé de su significado como simbólico de los sacrificios que la vida, siempre que se toma con energía, exige.
Pero, como ya dije lo que tenía que decir sobre estos temas, y como estas conferencias evitan expresamente los usos religiosos anteriores y las cuestiones de derivación, abandonaré por completo el tema del Sacrificio y pasaré al de la Confesión.
En lo que respecta a la Confesión, también seré muy breve y diré mi palabra al respecto desde un punto de vista psicológico, no histórico.
Lejos de estar tan extendida como el sacrificio, corresponde a una etapa de la sensibilidad más interior y moral. Forma parte del sistema general de purificación y limpieza que uno siente que necesita para estar en la debida relación con su divinidad.
Para quien confiesa, las farsas han terminado y las realidades han comenzado; ha exteriorizado su podredumbre. Si no se ha librado verdaderamente de ella, al menos ya no la disimula con una muestra hipócrita de virtud; al menos vive sobre la base de la veracidad.
La completa decadencia de la práctica de la confesión en las comunidades anglosajonas es un tanto difícil de explicar. La reacción contra el papado es, por supuesto, la explicación histórica, pues en el papado la confesión iba acompañada de penitencias, absolución y otras prácticas inadmisibles. Pero, por parte del propio pecador, parece como si la necesidad debiera haber sido demasiado grande como para aceptar una negativa tan sumaria a su satisfacción. Uno pensaría que en más hombres la coraza del secreto habría tenido que abrirse, el absceso reprimido estallar y encontrar alivio, aun cuando el oído que escuchara la confesión fuera indigno.
La Iglesia católica, por obvias razones utilitarias, ha sustituido la confesión auricular ante un solo sacerdote por el acto más radical de la confesión pública. Nosotros, los protestantes de habla inglesa, en la general autosuficiencia e insociabilidad de nuestra naturaleza, parecemos encontrar suficiente con tomar a Dios a solas en nuestra confianza.
El siguiente tema sobre el que debo comentar es la oración, y esta vez ha de ser con menos brevedad. Últimamente hemos oído hablar mucho en contra de la oración, especialmente en contra de las peticiones de mejor clima y de la recuperación de los enfermos. En lo que respecta a las oraciones por los enfermos, si algún hecho médico puede considerarse firme, es que en ciertos entornos la oración puede contribuir a la recuperación y debe fomentarse como medida terapéutica. Al ser un factor normal de la salud moral de la persona, su omisión sería perjudicial. El caso del clima es diferente. A pesar de lo reciente de la creencia contraria, hoy en día todo sabe que las sequías y las tormentas se deben a antecedentes físicos, y que los llamamientos morales no pueden evitarlas. Pero la oración de petición es solo un departamento de la oración; y si tomamos la palabra en el sentido más amplio como significado de toda clase de comunión o conversación interior con el poder reconocido como divino, podemos ver fácilmente que la crítica científica la deja intacta.
La oración en este sentido amplio es el alma misma y la esencia de la religión.
«La religión», dice un teólogo liberal francés, «es un trato, una relación consciente y voluntaria, establecida por un alma en angustia con el poder misterioso del que se siente dependiente y de quien depende su destino. Este trato con Dios se realiza mediante la oración. La oración es la religión en acto; es decir, la oración es la religión real. Es la oración lo que distingue el fenómeno religioso de fenómenos similares o vecinos como el sentimiento puramente moral o estético. La religión no es nada si no es el acto vital mediante el cual toda la mente intenta salvarse aferrándose al principio del cual extrae su vida. Este acto es la oración, por cuyo término no entiendo ningún vano ejercicio de palabras, ninguna mera repetición de ciertas fórmulas sagradas, sino el movimiento mismo del alma, poniéndose en una relación personal de contacto con el poder misterioso cuya presencia siente —pudiendo ser incluso antes de tener un nombre con el que llamarlo—.
Donde falta esta oración interior, no hay religión; donde, por otra parte, esta oración se eleva y conmueve al alma, aun en ausencia de formas o de doctrinas, tenemos religión viva. De esto se ve por qué la llamada “religión natural” no es propiamente una religión. Corta al hombre de la oración. Lo deja a él y a Dios en mutua lejanía, sin comercio íntimo, sin diálogo interior, sin intercambio, sin acción de Dios en el hombre, sin retorno del hombre a Dios. En el fondo, esta pretendida religión no es más que una filosofía. Nacida en épocas de racionalismo, de investigaciones críticas, nunca fue otra cosa que una abstracción. Creación artificial y muerta, apenas revela a quien la examina uno solo de los caracteres propios de la religión».
Me parece que toda nuestra serie de conferencias demuestra la verdad de la tesis del señor Sabatier. El fenómeno religioso, estudiado como un hecho interior y al margen de las complicaciones eclesiásticas o teológicas, se ha mostrado consistente en todas partes, y en todas sus etapas, en la conciencia que los individuos tienen de una relación entre ellos mismos y los poderes superiores con los que se sienten emparentados. Esta relación se percibe en su momento como activa y mutua a la vez. Si no es efectiva; si no es una relación de toma y daca; si no se transa realmente nada mientras dura; si el mundo no es en absoluto diferente por haber tenido lugar; entonces la oración, tomada en este amplio sentido de la sensación de que algo se está transando, es por supuesto un sentimiento de lo ilusorio, y la religión debe en conjunto clasificarse, no simplemente como algo que contiene elementos de engaño —estos sin duda existen en todas partes—, sino como algo arraigado por completo en el engaño, tal como los materialistas y ateos siempre han dicho que estaba. A lo sumo podría quedar, al descartarse las experiencias directas de la oración como falsas testigos, alguna creencia inferida de que todo el orden de la existencia debe tener una causa divina. Pero esta forma de contemplar la naturaleza, por mucho que sin duda complacería a las personas de gusto piadoso, les dejaría solo el papel de espectadores en una obra de teatro, mientras que en la religión experimental y en la vida de oración, nos parecemos a nosotros mismos como actores, y no en una obra de teatro, sino en una realidad muy seria.
La autenticidad de la religión está así indisolublemente ligada a la cuestión de si la conciencia que ora es o no falaz.
La convicción de que en esta conciencia se transacciona algo genuino es el meollo mismo de la religión viva. En cuanto a qué es lo que se transacciona, han prevalecido grandes diferencias de opinión. Se ha supuesto, y aún se supone, que los poderes invisibles hacen cosas que ningún hombre ilustrado puede creer hoy en día.
Bien puede resultar que la esfera de influencia en la oración sea exclusivamente subjetiva, y que lo cambiado inmediatamente sea solo la mente de la persona que ora. Pero por muy limitada que llegue a ser nuestra opinión sobre los efectos de la oración a causa de la crítica, la religión, en el sentido vital en que estas conferencias la estudian, debe mantenerse o venirse abajo por el convencimiento de que realmente ocurren efectos de algún tipo.
A través de la oración, insiste la religión, suceden cosas que no pueden realizarse de ninguna otra manera: la energía que, de no ser por la oración, estaría bloqueada, es liberada por la oración y opera en alguna parte, ya sea objetiva o subjetiva, del mundo de los hechos.
Este postulado se expresa de manera sorprendente en una carta escrita por el difunto Frederic W. H. Myers a un amigo, quien me permite citarla. Muestra cuán independiente es el instinto de la oración de las complicaciones doctrinales habituales. El Sr. Myers escribe:—
“Me alegra que me haya hecho preguntas sobre la oración, porque tengo ideas bastante firmes al respecto. Considere primero cuáles son los hechos. Existe a nuestro alrededor un universo espiritual, y ese universo está en relación real con el material. Del universo espiritual proviene la energía que mantiene lo material; la energía que crea la vida de cada espíritu individual. Nuestros espíritus se sostienen mediante una constante absorción interna de esta energía, y el vigor de dicha absorción cambia permanentemente, de manera muy parecida a como cambia el vigor de nuestra asimilación de nutrientes materiales de hora en hora.
“Llamo ‘hechos’ a esto porque creo que algún esquema de este tipo es el único coherente con nuestras pruebas reales, demasiado complejas para resumirlas aquí. ¿Cómo debemos, entonces, actuar ante estos hechos? Es evidente que debemos esforzarnos por absorber la mayor cantidad posible de vida espiritual, y debemos situar nuestras mentes en cualquier actitud que la experiencia demuestre ser favorable a dicha absorción. La oración es el nombre general que recibe esa actitud de abierta y ferviente expectativa. Si luego preguntamos a quién rezar, la respuesta (por extraña que parezca) debe ser que eso no importa mucho. La oración no es en verdad algo puramente subjetivo;—significa un aumento real en la intensidad de la absorción de poder espiritual o gracia;—pero no sabemos lo suficiente de lo que ocurre en el mundo espiritual como para saber cómo opera la oración;—quién tiene conocimiento de ella, o a través de qué canal se concede la gracia. Es mejor que los niños recen a Cristo, que es en cualquier caso el espíritu individual más elevado del que tenemos conocimiento. Pero sería imprudente afirmar que Cristo mismo nos escucha;—mientras que decir que Dios nos escucha equivale meramente a reafirmar el primer principio—el de que la gracia fluye desde el mundo espiritual infinito”.
Reservemos la cuestión de la verdad o falsedad de la creencia de que el poder es absorbido para la próxima conferencia, cuando nuestras conclusiones dogmáticas, si es que tenemos alguna, deban ser alcanzadas. Que esta conferencia se confine todavía a la descripción de fenómenos; y como ejemplo concreto de tipo extremo, de la manera en que aún puede llevarse una vida de oración, permitidme tomar un caso con el que la mayoría de vosotros debéis estar familiarizados, el de George Müller de Bristol, que murió en 1898. Las oraciones de Müller eran de la índole petitoria más burda. Al principio de su vida decidió tomar ciertas promesas bíblicas con literal sinceridad, y dejarse alimentar, no por su propia previsión mundana, sino por la mano del Señor. Tuvo una carrera extraordinariamente activa y exitosa, entre cuyos frutos estuvieron la distribución de más de dos millones de ejemplares del texto de las Escrituras en diferentes idiomas; la dotación de varios cientos de misioneros; la circulación de más de ciento once millones de libros, panfletos y tratados bíblicos; la construcción de cinco grandes orfanatos, y la manutención y educación de miles de huérfanos; finalmente, el establecimiento de escuelas en las que fueron enseñados más de ciento veintiún mil alumnos jóvenes y adultos. En el transcurso de esta obra, el Sr. Müller recibió y administró cerca de millón y medio de libras esterlinas, y viajó más de doscientas mil millas por mar y tierra. Durante los sesenta y ocho años de su ministerio, nunca poseyó ninguna propiedad excepto su ropa y muebles, y dinero en efectivo; y dejó, a la edad de ochenta y seis años, un patrimonio valorado en solo ciento sesenta libras.
Su método consistía en dar a conocer públicamente sus necesidades generales, pero sin comunicar a los demás los detalles de sus apuros transitorios. Para remediar estos últimos, oraba directamente al Señor, convencido de que tarde o temprano las oraciones siempre son escuchadas si uno tiene la fe suficiente.
«Cuando pierdo algo como una llave —escribe—, le pido al Señor que me guíe hacia ella, y espero una respuesta a mi oración; cuando una persona con la que he quedado no viene a la hora fijada y esto empieza a incomodarme, le pido al Señor que tenga a bien apresurarla hacia mí, y espero una respuesta; cuando no entiendo un pasaje de la palabra de Dios, elevo mi corazón al Señor para que se digne instruirme mediante su Espíritu Santo, y espero ser enseñado, aunque no fijo el momento ni la manera en que esto deba suceder; cuando voy a ministrar en la Palabra, busco la ayuda del Señor, y… no me desanimo, sino que me alegro porque espero su asistencia».
La costumbre de Müller era no acumular deudas nunca, ni siquiera por una semana.
“Como el Señor nos provee día a día, … el pago de la semana podría vencerse y podríamos no tener dinero para cubrirlo; y así aquellos con quienes tratamos podrían verse incomodados por nuestra causa, y podríamos ser hallados obrando en contra del mandamiento del Señor: «No debáis a nadie nada». Desde este día en adelante, mientras el Señor nos dé nuestros sustentos día a día, nos proponemos pagar al contado por cada artículo en cuanto sea comprado, y nunca comprar nada a menos que podamos pagarlo al contado, por mucho que parezca ser necesario, y por mucho que aquellos con quienes tratamos deseen que se les pague solo por semana”.
Los artículos necesarios de los que habla Müller eran la comida, el combustible, etc., de sus orfanatos. De algún modo, por mucho que a menudo estén a punto de quedarse sin una comida, casi nunca parece que realmente lo hayan hecho.
“Mayor y más manifiesta cercanía de la presencia del Señor nunca he tenido que cuando, después del desayuno, no había medios para la cena de más de cien personas; o cuando, después del almuerzo, no había medios para el té, y sin embargo el Señor proveyó el té; y todo esto sin que ni un solo ser humano hubiera sido informado acerca de nuestra necesidad. … Por la gracia, mi mente está tan plenamente segura de la fidelidad del Señor que, en medio de la mayor necesidad, se me permite seguir ocupándome en paz de mi otro trabajo. Ciertamente, si el Señor no me diera esto, que es el resultado de confiar en Él, apenas podría trabajar en absoluto; porque ahora es comparativamente raro que llegue un día en que no tenga necesidad para una u otra parte de la obra.”
Al construir sus orfanatos únicamente mediante la oración y la fe, Müller afirma que su principal motivo era «tener algo que señalar como prueba visible de que nuestro Dios y Padre es el mismo Dios fiel que siempre ha sido, tan dispuesto como siempre a demostrar que es el Dios vivo, en nuestros días como antiguamente, a todos los que ponen su confianza en él».
Por esta razón se negó a pedir dinero prestado para cualquiera de sus empresas:
“How does it work when we thus anticipate God by going our own way? We certainly weaken faith instead of increasing it; and each time we work thus a deliverance of our own we find it more and more difficult to trust in God, till at last we give way entirely to our natural fallen reason and unbelief prevails.
How different if one is enabled to wait God’s own time, and to look alone to him for help and deliverance! When at last help comes, after many seasons of prayer it may be, how sweet it is, and what a present recompense!
Dear Christian reader, if you have never walked in this path of obedience before, do so now, and you will then know experimentally the sweetness of the joy which results from it.”
Cuando los víveres llegaban con lentitud, Müller siempre consideraba que esto era para poner a prueba su fe y su paciencia. Cuando su fe y su paciencia habían sido suficientemente probadas, el Señor enviaba más recursos.
“Y así ha resultado ser” —cito de su diario—, “pues hoy me fue entregada la suma de 2050 libras, de las cuales 2000 son para el fondo de construcción [de cierta casa], y 50 para necesidades actuales. Es imposible describir mi gozo en Dios cuando recibí esta donación. No me sentí ni excitado ni sorprendido; pues espero respuestas a mis oraciones. Creo que Dios me oye. Sin embargo, mi corazón estaba tan lleno de gozo que solo pude sentarme ante Dios y admirarle, como David en 2 Samuel VII. Al fin me postré rostro en tierra y prorrompí en acción de gracias a Dios, entregándole de nuevo mi corazón para su bendito servicio”.
El caso de George Müller es extremo en todos los sentidos, y en ninguno lo es tanto como en la extraordinaria estrechez del horizonte intelectual del personaje.
Su Dios era, como solía decir, su socio comercial. Para Müller, parecía ser poco más que una especie de clérigo sobrenatural interesado en la congregación de comerciantes y otras personas en Bristol que constituían sus santos, así como en los orfanatos y otras empresas, pero carente de cualquiera de esos atributos más vastos, salvajes e ideales con los que la imaginación humana lo ha revestido en otras partes.
Müller, en suma, era absolutamente afilosófico. Su concepción intensamente privada y práctica de sus relaciones con la Divinidad continuaba las tradiciones del pensamiento humano más primitivo. Cuando comparamos una mente como la suya con una mente como, por ejemplo, la de Emerson o la de Phillips Brooks, vemos el abanico que abarca la conciencia religiosa.
Existe una inmensa literatura relacionada con las respuestas a la oración de petición. Las revistas evangélicas están llenas de tales respuestas, y hay libros dedicados al tema, pero para nosotros el caso de Müller será suficiente.
Un modo de llevar la vida de oración menos firme y parecido al de un mendigo es seguido por innumerables cristianos más. La persistencia en apoyarse en el Todopoderoso para obtener sustento y guía, según dicen tales personas, traerá consigo pruebas, palpables pero mucho más sutiles, de su presencia y su influencia activa. La siguiente descripción de una vida «guiada», realizada por un escritor alemán al que ya he citado, parecería sin duda a incontables cristianos de todos los países como si estuviera transcrita de su propia experiencia personal. Uno encuentra en esta clase de vida guiada, dice el Dr. Hilty—
“Que los libros y las palabras (y a veces las personas) llegan a nuestro conocimiento justo en el preciso momento en que los necesitamos; que uno se desliza sobre grandes peligros como con los ojos cerrados, permaneciendo ignorante de lo que le habría aterrorizado o extraviado, hasta que el peligro pasa —siendo este el caso especialmente con las tentaciones de la vanidad y la sensualidad—; que los caminos por los que uno no debe vagar están, por decirlo así, cercados de espinas; pero que, por otra parte, los grandes obstáculos se eliminan de repente; que cuando ha llegado el momento de algo, uno recibe de pronto un valor que antes le faltaba, o percibe la raíz de un asunto que hasta entonces estaba oculto, o descubre pensamientos, talentos, sí, incluso pedazos de conocimiento y perspicacia, en uno mismo, de los cuales es imposible decir de dónde vienen; finalmente, que las personas nos ayudan o se niegan a ayudarnos, nos favorecen o nos rechazan, como si tuvieran que hacerlo en contra de su voluntad, de modo que a menudo aquellos que nos son indiferentes o incluso hostiles nos rinden el mayor servicio y estímulo. (Dios quita a menudo sus bienes mundanos a aquellos a quienes guía, justo en el momento oportuno, cuando amenazan con obstaculizar el esfuerzo hacia intereses más elevados).
“Además de todo esto, suceden otras cosas notables de las que no es fácil dar cuenta. No cabe la menor duda de que ahora uno camina continuamente a través de «puertas abiertas» y por los caminos más fáciles, con el menor cuidado y problema que sea posible imaginar.
“Asimismo, uno se encuentra resolviendo sus asuntos ni demasiado pronto ni demasiado tarde, mientras que antes solían estropearse por la destiempo, incluso cuando los preparativos habían sido bien dispuestos. Además de esto, uno los hace con perfecta tranquilidad de espíritu, casi como si fueran asuntos sin importancia, como recados hechos por nosotros para otra persona, en cuyo caso solemos actuar con más calma que cuando actuamos en nuestros propios asuntos. De nuevo, uno descubre que puede esperar todo pacientemente, y esa es una de las grandes artes de la vida. Uno descubre también que cada cosa llega a su debido tiempo, una cosa tras otra, de modo que uno gana tiempo para asegurar el paso antes de avanzar más. Y entonces todo se nos ocurre en el momento oportuno, justo lo que debemos hacer, etc., y a menudo de un modo muy llamativo, exactamente como si una tercera persona estuviera vigilando aquellas cosas que corremos el riesgo de olvidar fácilmente.
“A menudo también se nos envía a personas en el momento oportuno, para ofrecer o pedir lo que se necesita, y lo que nunca habríamos tenido el valor o la resolución de emprender por propia iniciativa.
“A través de todas estas experiencias uno descubre que es bondadoso y tolerante con las demás personas, incluso con aquellas que son repulsivas, negligentes o malintencionadas, pues ellas también son instrumentos del bien en la mano de Dios, y a menudo los más eficientes. Sin estos pensamientos sería difícil incluso para el mejor de nosotros mantener siempre la ecuanimidad. Pero con la conciencia de la guía divina, uno ve muchas cosas en la vida de un modo muy distinto al que de otro modo sería posible.
“Todo esto son cosas que sabe cualquier ser humano que haya tenido experiencia de ellas; y de las cuales se podrían aducir los ejemplos más elocuentes. Los recursos más altos de la sabiduría mundana son incapaces de alcanzar aquello que, bajo la guía divina, nos llega por su propio peso”.
Relatos como este se difuminan en otros donde la creencia no es que los acontecimientos particulares se moderen de manera más propicia para nosotros mediante una providencia supervisora, como recompensa a nuestra confianza, sino que, al cultivar la conciencia continua de nuestra conexión con el poder que hizo las cosas como son, nosotros nos moderamos de manera más propicia para su recepción.
El rostro exterior de la naturaleza no necesita alterarse, pero las expresiones de significado en él se alteran. Estaba muerta y ha vuelto a la vida. Es como la diferencia entre mirar a una persona sin amor, o mirar a esa misma persona con amor.
En este último caso, la relación cobra una nueva vitalidad. Así, cuando los afectos de uno se mantienen en contacto con la divinidad de la autoría del mundo, el miedo y el egoísmo se desvanecen; y en la ecuanimidad que le sigue, uno encuentra en las horas, a medida que se suceden, una serie de oportunidades puramente benignas.
Es como si todas las puertas se abrieran y todos los caminos se allanaran de nuevo. Nos encontramos con un mundo nuevo cuando nos encontramos con el viejo mundo con el espíritu que esta clase de oración infunde.
Tal espíritu fue el de Marco Aurelio y Epicteto. Es el de los curadores mentales, el de los trascendentalistas y el de los llamados cristianos «liberales». Como expresión de ello, citaré una página de uno de los sermones de Martineau:—
“El universo, abierto hoy a la vista, tiene el mismo aspecto que hace mil años: y el himno matutino de Milton no hace más que relatar la belleza con que nuestro propio y familiar sol vistió los primeros campos y jardines del mundo. Vimos lo que todos nuestros padres vieron.
Y si no podemos hallar a Dios en tu casa o en la mía, a la vera del camino o en la orilla del mar; en la semilla que reventa o en la flor que se abre; en el deber del día o en la musitación de la noche; en la risa general y en el dolor secreto; en la procesión de la vida, que siempre entra de nuevo, y solemnemente pasa y se extingue; no creo que hayamos de discernirlo ni un instante más sobre la hierba del Edén, ni bajo la luz de la luna de Getsemaní.
Creedme, no es la falta de mayores milagros, sino la del alma para percibir los que aún se nos conceden, lo que nos hace empujar todas las santidades hacia los lejanos espacios a los que no podemos llegar. Los devotos sienten que dondequiera que esté la mano de Dios, hay un milagro: y es simplemente una falta de devoción la que imagina que solo allí donde hay milagro puede estar la verdadera mano de Dios.
Las costumbres del Cielo deberían ser sin duda más sagradas a nuestros ojos que sus anomalías; los queridos y viejos caminos, de los cuales el Altísimo nunca se cansa, que las cosas extrañas que no ama lo bastante como para repetirlas jamás. Y quien tan solo discierna bajo el sol, al levantarse una mañana cualquiera, el dedo sustentador del Todopoderoso, podrá recuperar la dulce y reverente sorpresa con que Adán contempló el primer alba en el Paraíso.
No es ningún cambio exterior, ningún desplazamiento en el tiempo o en el espacio; sino únicamente la amorosa meditación del limpio de corazón, lo que puede despertar al Eterno del sueño en el fondo de nuestras almas: lo que puede volverlo a hacer una realidad y reafirmar para él una vez más su antiguo nombre del ‘Dios Vivo.’ ”
Cuando vemos todas las cosas en Dios y las referimos a él, leemos en los asuntos comunes expresiones superiores de sentido.
La apatía con que la costumbre envuelve lo familiar se desvanece, y la existencia en su conjunto aparece transfigurada. El estado de una mente así despertada del sopor se expresa bien en estas palabras, que tomo de la carta de un amigo:—
“Si nos ocupamos en sumar todas las misericordias y bondades que tenemos el privilegio de poseer, nos abruma su cantidad (tan grande que podemos imaginarnos incapaces de darnos tiempo siquiera para empezar a repasar las cosas que tal vez imaginemos que no tenemos). Las sumamos y nos damos cuenta de que en realidad estamos abrumados por la bondad de Dios; de que estamos rodeados de bondades y más bondades, sin las cuales todo se vendría abajo. ¿No deberíamos amarla?; ¿no deberíamos sentirnos sostenidos por los Brazos Eternos?”
A veces esta constatación de que los hechos son de envío divino, en lugar de ser habitual, es casual, como una experiencia mística. El padre Gratry ofrece este ejemplo de su período de melancolía juvenil:—
“Un día tuve un momento de consuelo, porque me encontré con algo que me pareció idealmente perfecto. Era un pobre tamborero que tocaba retreta por las calles de París. Caminaba detrás de él al regresar a la escuela la víspera de un día festivo. Su tambor marcaba la retreta de tal manera que, al menos en ese momento, por muy quisquilloso que fuera, no pude encontrar ningún pretexto para poner tachas. Era imposible concebir más energía o espíritu, mejor compás o medida, mayor claridad o riqueza que en aquel redoble. El deseo ideal no podía ir más lejos en esa dirección. Quedé encantado y consolado; la perfección de este mísero acto me hizo bien. El bien es al menos posible, me dije, ya que el ideal puede a veces encarnarse de este modo”.
En la novela de Sénancour, Obermann, se registra un levantamiento transitorio similar del velo. En las calles de París, un día de marzo, se topa con una flor en plena floración, un junquillo:
“Era la expresión más fuerte del deseo: era el primer perfume del año. Sentí toda la felicidad destinada al hombre. Esta inefable armonía de almas, el fantasma del mundo ideal, se alzó en mí por completo. Jamás sentí nada tan grande ni tan instantáneo. No sé qué forma, qué analogía, qué secreto de relación fue el que me hizo ver en esta flor una belleza sin límites. … Nunca encerraré en un concepto esta potencia, esta inmensidad que nada expresará; esta forma que nada contendrá; este ideal de un mundo mejor que uno siente, pero que, al parecer, la naturaleza no ha hecho real”.
En conferencias anteriores hemos oído hablar del rostro vivificado del mundo tal como puede presentárseles a los conversos tras su despertar.
Por regla general, las personas religiosas suponen que cualesquiera hechos naturales que se vinculen de algún modo con su destino son significativos de los propósitos divinos para con ellas.
Mediante la oración, el propósito, que a menudo dista mucho de ser obvio, se les hace comprensible, y si se trata de una «prueba», se les otorga la fuerza para soportarla.
Así, en todas las etapas de la vida de oración encontramos la convicción de que, en el proceso de comunión, la energía de lo alto fluye para satisfacer la demanda y se vuelve operativa dentro del mundo fenoménico.
Mientras se admita que esta operatividad es real, no hay diferencia esencial alguna en que sus efectos inmediatos sean subjetivos u objetivos.
El punto religioso fundamental es que en la oración la energía espiritual, que de otro modo permanecería adormecida, se vuelve activa, y se efectúa realmente algún tipo de obra espiritual.
Hasta aquí lo referente a la Oración, entendida en el sentido amplio de cualquier tipo de comunión. Como núcleo de la religión, debemos volver a ella en la próxima conferencia.
El último aspecto de la vida religiosa que me queda por abordar es el hecho de que sus manifestaciones se conectan tan frecuentemente con la parte subconsciente de nuestra existencia.
Quizás recuerden lo que dije en mi conferencia inaugural acerca de la prevalencia del temperamento psicopático en la biografía religiosa. De hecho, difícilmente encontrarán a un líder religioso de cualquier tipo en cuya vida no haya registro de automatismos.
No hablo meramente de sacerdotes y profetas salvajes, cuyos seguidores consideran que la expresión y la acción automáticas equivalen por sí mismas a la inspiración; hablo de líderes del pensamiento y sujetos de experiencia intelectualizada.
- San Pablo tuvo sus visiones, sus éxtasis, su don de lenguas, por poca importancia que le concediera a esto último.
- Toda la pléyade de santos y heresiarcas cristianos, incluidos los más grandes, los Bernardos, los Loyolas, los Luteros, los Foxes, los Wesleys, tuvieron sus visiones, voces, estados de arrobamiento, impresiones orientadoras y «aperturas».
Tuvieron estas cosas porque poseían una sensibilidad exaltada, y a tales cosas son propensas las personas de sensibilidad exaltada. Sin embargo, en dicha propensión hay consecuencias para la teología.
Las creencias se ven fortalecidas siempre que los automatismos las corroboran. Las incursiones procedentes de más allá de la región transmarginal poseen un poder peculiar para aumentar la convicción.
El sentido incaico de la presencia es infinitamente más fuerte que la concepción, pero por fuerte que sea, rara vez iguala a la evidencia de la alucinación.
- Los santos que ven o escuchan realmente a su Salvador alcanzan la cúspide de la certeza.
- Los automatismos motores, aunque más raros, son, de ser posible, aún más convincentes que las sensaciones.
Los sujetos aquí se sienten en verdad tocados por poderes ajenos a su voluntad. La evidencia es dinámica; el Dios o espíritu mueve los mismos órganos de su cuerpo.
El gran campo para este sentimiento de ser el instrumento de un poder superior es, por supuesto, la «inspiración». Es fácil discriminar entre los líderes religiosos que han estado habitualmente sujetos a la inspiración y aquellos que no. En las enseñanzas de Buda, de Jesús, de san Pablo (aparte de su don de lenguas), de san Agustín, de Hus, de Lutero, de Wesley, la composición automática o semiautomática parece haber sido solo ocasional. En los profetas hebreos, por el contrario, en Mahoma, en algunos de los alejandrinos, en muchos santos católicos menores, en Fox, en Joseph Smith, algo parecido a esto parece haber sido frecuente, a veces habitual. Tenemos declaraciones explícitas de estar bajo la dirección de un poder ajeno y de servir como su portavoz. En lo que respecta a los profetas hebreos, es extraordinario —escribe un autor que ha hecho un estudio minucioso de ellos— ver—
“Cómo, uno tras otro, se reproducen los mismos rasgos en los libros proféticos. El proceso es siempre sumamente diferente de lo que sería si el profeta llegara a su comprensión de las cosas espirituales mediante los esfuerzos tentativos de su propio genio. Hay en ello algo agudo y repentino. Podría decirse que es capaz de señalar con el dedo el momento en que llegó. Y siempre se presenta bajo la forma de una fuerza exterior abrumadora, contra la cual lucha, pero en vano. Escuchad, por ejemplo, el comienzo del libro de Jeremías. Leed de igual modo los dos primeros capítulos de la profecía de Ezequiel.
“No es, sin embargo, solo al principio de su carrera cuando el profeta atraviesa por una crisis que claramente no ha sido provocada por él mismo. Dispersas por todos los escritos proféticos hay expresiones que hablan de algún impulso fuerte e irresistible que desciende sobre el profeta, determinando su actitud ante los acontecimientos de su tiempo, coaccionando su expresión, haciendo de sus palabras el vehículo de un significado superior al propio. Por ejemplo, esta de Isaías: «Jehová me habló así con mano fuerte» —una frase enfática que denota la naturaleza dominante del impulso— «y me enseñó que no debía andar por el camino de este pueblo». … O pasajes como este de Ezequiel: «Cayó sobre mí la mano de Jehová el Señor», «La mano de Jehová era fuerte sobre mí». La característica permanente del profeta es que habla con la autoridad de Yahveh mismo. De ahí que los profetas, todos a una, prefacturen sus discursos con tanta confianza: «Palabra de Jehová» o «Así ha dicho Jehová». Tienen incluso la audacia de hablar en primera persona, como si Yahveh mismo estuviera hablando. Como en Isaías: «Óyeme, Jacob, y tú, Israel, llamado mío: Yo mismo, yo soy el primero, yo también soy el postrero» —y así sucesivamente—. La personalidad del profeta pasa enteramente a un segundo plano; se siente por el momento como el portavoz del Todopoderoso”.
“Debemos recordar que la profecía era una profesión, y que los profetas formaban una clase profesional. Había escuelas de profetas, en las cuales se cultivaba regularmente el don. Un grupo de jóvenes se reunía en torno a alguna figura imponente —un Samuel o un Eliseo— y no solo registraba o difundía el conocimiento de sus dichos y hechos, sino que procuraba captar para sí algo de su inspiración. Al parecer, la música desempeñaba un papel en sus ejercicios. … Está perfectamente claro que ni mucho menos todos estos hijos de los profetas lograron adquirir más que una muy pequeña parte del don que buscaban. Era claramente posible «falsificar» la profecía. A veces esto se hacía deliberadamente. … Pero de ello no se sigue en absoluto que, en todos los casos en que se daba un mensaje falso, quien lo emitía fuera del todo consciente de lo que hacía”.
He aquí, para tomar otro caso judío, la forma en que Filón de Alejandría describe su inspiración:—
“A veces, cuando he llegado a mi trabajo vacío, de repente me he visto lleno; las ideas han llovido sobre mí de manera invisible e implantado en mí desde lo alto; de modo que, por la influencia de la inspiración divina, me he sentido enormemente exaltado, sin conocer ni el lugar en el que estaba, ni a los que estaban presentes, ni a mí mismo, ni lo que estaba diciendo, ni lo que estaba escribiendo; porque entonces he sido consciente de una riqueza de interpretación, de un goce de luz, de una perspicacia de lo más penetrante, de una energía de lo más manifiesta en todo lo que había que hacer; teniendo tal efecto en mi mente como el que la más clara demostración ocular tendría en los ojos”.
Si nos volvemos hacia el islam, hallamos que todas las revelaciones de Mahoma provenían de la esfera subconsciente. A la pregunta de de qué manera las obtuvo—
“Se dice que Mahoma respondió que a veces oía un tañido como de campana, y que esto era lo que más le afectaba; y cuando el ángel se iba, ya había recibido la revelación. A veces también conversaba con el ángel como con un hombre, de modo que comprendía fácilmente sus palabras. Las autoridades posteriores, sin embargo, … distinguen aún otros tipos. En el Itgân (103) se enumeran los siguientes: 1, revelaciones con sonido de campana; 2, por inspiración del espíritu santo en el corazón de M.; 3, por Gabriel en forma humana; 4, por Dios directamente, ya sea despierto (como en su viaje al cielo) o en sueños. … En el Almawâhib alladunîya los tipos se dan de este modo: 1, Sueño; 2, Inspiración de Gabriel en el corazón del Profeta; 3, Gabriel tomando la forma de Dahya; 4, con el sonido de campana, etcétera; 5, Gabriel in propriâ personâ (solo dos veces); 6, revelación en el cielo; 7, Dios apareciendo en persona, pero velado; 8, Dios revelándose a sí mismo directamente sin velo. Otros añaden otras dos etapas, a saber: 1, Gabriel en la forma de otro hombre más; 2, Dios mostrándose personalmente en sueños”.
En ninguno de estos casos la revelación es claramente motora.
En el caso de Joseph Smith (quien tuvo revelaciones proféticas innumerables además de la traducción revelada de las planchas de oro que dio como resultado el Libro de Mormón), aunque puede haber habido un elemento motor, la inspiración parece haber sido predominantemente sensorial.
Comenzó su traducción con la ayuda de las «piedras videntes» que encontró, o que creía o decía haber encontrado, junto con las planchas de oro; aparentemente un caso de «videncia con cristales».
Para algunas de las otras revelaciones usó las piedras videntes, pero en general parece haberle pedido al Señor una instrucción más directa.
Otras revelaciones se describen como «aperturas»; las de Fox, por ejemplo, eran evidentemente del tipo que hoy en día se conoce en los círculos espiritistas como «impresiones». Como todo iniciador eficaz del cambio necesita vivir en cierta medida en este nivel psicopático de percepción repentina o convicción de una nueva verdad, o de impulso a la acción tan obsesivo que debe descargarse, no diré nada más sobre un fenómeno tan común.
Cuando, además de estos fenómenos de inspiración, tomamos en cuenta el misticismo religioso, cuando recordamos las sorprendentes y repentinas unificaciones de un yo discordante que vimos en la conversión, y cuando repasamos las extravagantes obsesiones de ternura, pureza y severidad consigo mismo que se encuentran en la santidad, no podemos, a mi juicio, evitar la conclusión de que en la religión poseemos un departamento de la naturaleza humana con relaciones inusualmente estrechas con la región transmarginal o subliminal. Si la palabra «subliminal» resulta ofensiva para alguno de ustedes por oler demasiado a investigación psíquica u otras aberraciones, denle cualquier otro nombre que les plazca para distinguirla del nivel de la plena conciencia iluminada por el sol. Llamen a este último la región A de la personalidad, si lo prefieren, y llamen a la otra la región B. La región B, por tanto, es obviamente la mayor parte de cada uno de nosotros, pues es la morada de todo lo que está latente y el reservorio de todo lo que pasa sin registrar u observar. Contiene, por ejemplo, cosas tales como todos nuestros recuerdos momentáneamente inactivos, y alberga los manantiales de todas nuestras pasiones, impulsos, gustos, antipatías y prejuicios de motivación oscura. Nuestras intuiciones, hipótesis, fantasías, supersticiones, persuadencias, convicciones y, en general, todas nuestras operaciones no racionales, provienen de ella. Es la fuente de nuestros sueños, y aparentemente pueden regresar a ella. En ella surgen cualesquiera experiencias místicas que podamos tener, y nuestros automatismos, sensoriales o motores; nuestra vida en condiciones hipnóticas e « hipnoides », si somos sujetos a tales condiciones; nuestros delirios, ideas fijas y accidentes histéricos, si somos sujetos histéricos; nuestras cogniciones supranormales, si las hay, y si somos sujetos telepáticos. Es también la fuente de gran parte de lo que alimenta nuestra religión. En las personas sumidas en la vida religiosa, como ya hemos visto abundantemente —y esta es mi conclusión—, la puerta hacia esta región parece inusualmente abierta de par en par; en cualquier caso, las experiencias que hacen su entrada por esa puerta han tenido una influencia enfática en la configuración de la historia religiosa.
Con esta conclusión vuelvo atrás y cierro el círculo que abrí en mi primera conferencia, terminando así la revisión que entonces anuncié de los fenómenos religiosos internos tal como los encontramos en los individuos humanos desarrollados y articulados.
Me sería fácil, si el tiempo lo permitiera, multiplicar tanto mis documentos como mis distinciones, pero un tratamiento amplio es, a mi juicio, en sí mismo mejor, y las características más importantes del tema ya están, creo, ante nosotros.
En la próxima conferencia, que es también la última, debemos intentar extraer las conclusiones críticas que tanto material puede sugerir.