Como todos los afectos positivos de la conciencia, el sentido de la realidad tiene su contraparte negativa en la forma de un sentimiento de irrealidad por el cual las personas pueden sentirse atormentadas, y del cual a veces se escuchan quejas:—
«Cuando reflexiono sobre el hecho de que he aparecido por accidente en un globo terráqueo que a su vez es lanzado a través del espacio como juguete de las catástrofes de los cielos —dice Madame Ackermann—; cuando me veo rodeada de seres tan efímeros e incomprensibles como yo misma, y todos persiguiendo con entusiasmo quimeras puras, experimento la extraña sensación de estar en un sueño. Me parece como si hubiera amado y sufrido y como si dentro de poco fuera a morir, en un sueño. Mi última palabra será: “He estado soñando”».
En otra conferencia veremos cómo en la melancolía mórbida este sentido de la irrealidad de las cosas puede convertirse en un dolor agobiante, y conducir incluso al suicidio.
Podemos establecer ahora como seguro que, en la esfera de experiencia característicamente religiosa, muchas personas (no podemos precisar cuántas) poseen los objetos de su creencia, no en la forma de meras concepciones que su intelecto acepta como verdaderas, sino más bien en la forma de realidades cuasisensibles directamente apresadas. A medida que su sentido de la presencia real de estos objetos fluctúa, el creyente alterna entre la tibieza y la frialdad en su fe.