La influencia indirecta de esto ha sido grande. Los principios de la cura mental están empezando a impregnar tanto el ambiente que uno capta su espíritu de segunda mano.
Se oye hablar del «Evangelio de la Relajación», del «Movimiento No te Preocupes», de personas que se repiten a sí mismas: «¡Juventud, salud, vigor!», al vestirse por la mañana, como su lema para el día.
Las quejas sobre el tiempo empiezan a estar prohibidas en muchos hogares; y cada vez más gente reconoce que es de mala educación hablar de sensaciones desagradables, o dar importancia a los inconvenientes y dolencias ordinarios de la vida.
Estos efectos tónicos generales sobre la opinión pública serian buenos aun si los resultados más llamativos no existieran.
Pero estos últimos abundan de tal manera que podemos darnos el lujo de pasar por alto los innumerables fracasos y autoengaños que se mezclan con ellos (pues en todo lo humano el fracaso es cosa natural), y también podemos pasar por alto la verborrea de buena parte de la literatura de curación mental, cierta parte de la cual está tan enajenada de optimismo y se expresa de forma tan vaga que a un intelecto con formación académica le resulta casi imposible leerla en absoluto.
El puro hecho es que la expansión del movimiento se ha debido a sus frutos prácticos, y el cariz sumamente práctico del carácter del pueblo estadounidense nunca se ha mostrado mejor que por el hecho de que esta, su única aportación marcadamente original a la filosofía sistemática de la vida, esté tan íntimamente ligada a la terapéutica concreta. A la importancia de la cura mental, las profesiones médica y clerical de los Estados Unidos están empezando a abrir los ojos, aunque con mucha resistencia y protestas. Es evidente que está destinada a desarrollarse aún más, tanto en el aspecto especulativo como en el práctico, y sus escritores más recientes son, con creces, los más capaces del grupo.