una atenta actividad teórica, y en el esfuerzo desesperado por entablar una relación correcta con el asunto, el afectado suele verse conducido a lo que para él se convierte en una satisfactoria solución religiosa.
Aproximadamente a la edad de cincuenta años, Tolstói relata que comenzó a experimentar momentos de perplejidad, de lo que él llama detención, como si no supiera «cómo vivir» o qué hacer.
Es obvio que se trataba de momentos en los cuales la emoción y el interés que nuestras funciones traen de manera natural habían cesado. La vida había sido encantadora, ahora era aburrida y sobria, más que sobria, muerta. Carecían de sentido cosas cuyo significado siempre había sido evidente por sí mismo.
Las preguntas «¿Por qué?» y «¿Y ahora qué?» comenzaron a acosarle cada vez con más frecuencia. Al principio parecía como si tales preguntas tuvieran que tener respuesta, y como si él pudiera encontrar las respuestas fácilmente si se tomaba el tiempo; pero a medida que se volvían más y más urgentes, comprendió que era como esas primeras molestias de un enfermo, a las que presta poca atención hasta que se convierten en un sufrimiento continuo, y entonces se da cuenta de que lo que tomaba como un trastorno pasajero significa lo más importante del mundo para él, significa su muerte.