En particular, este descubrimiento de una conciencia existente más allá del campo, o subliminalmente, como la denomina el señor Myers, arroja luz sobre muchos fenómenos de la biografía religiosa. Por eso tengo que referirme a él ahora, aunque naturalmente me sea imposible en este lugar darles cuenta alguna de las pruebas en las que se basa la admisión de dicha conciencia. Las encontrarán expuestas en muchos libros recientes, siendo Alteraciones de la personalidad, de Binet, quizá uno de los mejores que se pueden recomendar.
El material humano en el que se ha hecho la demostración ha sido hasta ahora bastante limitado y, en parte al menos, excéntrico, consistente en sujetos hipnóticos inusualmente sugestionables y en pacientes histéricos.
Sin embargo, los mecanismos elementales de nuestra vida son presumiblemente tan uniformes que lo que se demuestra ser verdad en un grado marcado en algunas personas es probablemente verdad en algún grado en todas, y puede serlo en unas pocas en un grado extraordinariamente alto.
La consecuencia más importante de poseer una vida ultramarginal de esta índole fuertemente desarrollada es que los campos ordinarios de la conciencia de uno son propensos a sufrir incursiones por parte de ella cuyo origen el sujeto no sospecha y que, por lo tanto, adoptan para él la forma de impulsos inexplicables de actuar, o inhibiciones de la acción, de ideas obsesivas, o incluso de alucinaciones visuales o auditivas. Los impulsos pueden tomar la dirección del discurso o la escritura automáticos, cuyo significado el sujeto mismo puede no comprender aun mientras los enuncia; y generalizando este fenómeno, el Sr. Myers ha dado el nombre de automatismo —sensorial o motor, emocional o intelectual— a toda esta esfera de efectos, debidos a «surgimientos» en la conciencia ordinaria de energías que se originan en las partes subliminales de la mente.