Inmediatez luminosa, en suma, sensatez filosófica y utilidad moral son los únicos criterios disponibles. Santa Teresa podría haber tenido el sistema nervioso de la vaca más plácida, y eso hoy no salvaría su teología si la prueba de esta mediante tales otros ensayos demostrase que es despreciable. E inversamente, si su teología puede superar esas otras pruebas, no importará cuán histérica o nerviosamente desequilibrada haya podido estar Santa Teresa cuando estuvo con nosotros aquí abajo.
Se ve que en el fondo somos devueltos a los principios generales por los cuales la filosofía empírica siempre ha sostenido que debemos dejarnos guiar en nuestra búsqueda de la verdad. Las filosofías dogmáticas han buscado criterios de verdad que nos dispensasen de apelar al futuro. Alguna marca directa, reparando en la cual podamos quedar protegidos inmediata y absolutamente, ahora y para siempre, contra todo error: tal ha sido el codiciado sueño de los dogmáticos filosóficos. Es evidente que el origen de la verdad sería un criterio admirable de esta índole, si tan solo los diversos orígenes pudieran distinguirse unos de otros desde este punto de vista, y la historia de la opinión dogmática muestra que el origen ha sido siempre una prueba favorita. Origen en la intuición inmediata; origen en la autoridad pontificia; origen en la revelación sobrenatural, como por visión, audición o impresión inexplicable; origen en la posesión directa por un espíritu superior, que se expresa en la profecía y la advertencia; origen en la enunciación automática por lo general—tales orígenes han sido garantías habituales de la verdad de una tras otra opinión que hallamos representada en la historia religiosa. Los materialistas médicos son, por tanto, meros dogmatistas tardíos, que le dan la vuelta limpiamente a la tortilla frente a sus predecesores al utilizar el criterio de origen de un modo destructivo en lugar de acreditativo.