otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos, sino el del Señor Jesucristo". No se me pronunciaron palabras; mi alma pareció ver a mi Salvador en espíritu, y desde aquella hora hasta esta, hace ya casi nueve años, jamás ha habido en mi vida una sola duda de que el Señor Jesucristo y Dios Padre obraron ambos en mí aquella tarde de julio, ambos de diferente manera, y ambos con el amor más perfecto concebible; y me regocijé allí mismo en una conversión tan asombrosa que todo el pueblo se enteró en menos de veinticuatro horas. > > «Pero aún estaba por venir un tiempo de tribulación. El día después de mi conversión fui al campo de heno a echar una mano con la cosecha y, como no le había hecho ninguna promesa a Dios de abstenerse o de beber solo con moderación, tomé de más y volví a casa borracho. Mi pobre hermana tenía el corazón destrozado; y yo me sentí avergonzado de mí mismo y subí a mi dormitorio de inmediato, a donde ella me siguió, llorando copiosamente. Dijo que me había convertido y que había caído de la gracia al instante. Pero aunque estaba bastante lleno de alcohol (sin embargo, no atolondrado), sabía que la obra de Dios iniciada en mí no iba a desperdiciarse. Al mediodía hice de rodillas la primera oración ante Dios en veinte años. No pedí ser perdonado; sentía que eso no servía de nada, pues seguro volvería a caer. Bien, ¿qué hice? Me encomendé a él con la más profunda convicción de que mi individualidad iba a ser destruida, de que me lo quitaría todo, y yo estaba dispuesto. En semejante entrega reside el secreto de una vida santa. Desde aquella hora el alcohol no ha tenido terrores para mí: nunca lo toco, nunca lo deseo. Lo mismo ocurrió con mi pipa: tras ser un fumador habitual desde los
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Conferencia X: Conversión—Conclusión
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