espirituales. Hay momentos de experiencia sentimental y mística —de los cuales oiremos hablar mucho más adelante— que conllevan una enorme sensación de autoridad interior e iluminación cuando se presentan. Pero se presentan pocas veces, y no le ocurren a todo el mundo; y el resto de la vida o bien no guarda ninguna relación con ellos, o tiende a contradicciones antes que a confirmarlos. Algunas personas siguen más la voz del momento en estos casos, otras prefieren dejarse guiar por los resultados promedio. De ahí la triste discordancia de tantos juicios espirituales de los seres humanos; una discordancia que se nos hará patente con suficiente agudeza antes de que terminen estas conferencias.
Sin embargo, es una disonancia que jamás podrá resolverse mediante una prueba meramente médica.
Un buen ejemplo de la imposibilidad de ceñirse estrictamente a las pruebas médicas se observa en la teoría de la causación patológica del genio promulgada por autores recientes.
“El genio —dijo el doctor Moreau— no es más que una de las muchas ramas del árbol neuropático”.
«El genio —dice el doctor Lombroso— es un síntoma de degeneración hereditaria de la variedad epileptoide y está emparentado con la locura moral».
«Siempre que la vida de un hombre —escribe el señor Nisbet— es a la vez suficientemente ilustre y está registrada con la plenitud necesaria para ser objeto de un estudio provechoso, cae inevitablemente en la categoría mórbida... Y es digno de señalarse que, por regla general, cuanto mayor es el genio, mayor es la insania».