de inmediato como mal debe ser «bien en formación», o algo igualmente ingenioso. El bien era el bien, y el mal simplemente mal, para los griegos antiguos. Ni negaban los males de la naturaleza —el verso de Walt Whitman, «Lo que se llama bien es perfecto y lo que se llama mal es igual de perfecto», les habría parecido una mera necedad—, ni inventaron, para escapar de esos males, «otro mundo mejor» de la imaginación en el que, junto con los males, los bienes inocentes de los sentidos tampoco hallaran cabida.
Esta integridad de las reacciones instintivas, esta libertad de toda sofistería y tensión moral, confiere una dignidad patética al antiguo sentimiento pagano.
Y esta cualidad no la poseen los desbordamientos de Whitman. Su optimismo es demasiado voluntario y desafiante; su evangelio tiene un toque de bravuconería y un giro afectado, y esto disminuye su efecto en muchos lectores que, sin embargo, están bien dispuestas hacia el optimismo y, en general, bastante dispuestas a admitir que, en aspectos importantes, Whitman pertenece al linaje genuino de los profetas.