liberación alguno; sino que está dispuesto a no recibir consuelo ni liberación; y no se entristece por sus sufrimientos, porque a sus ojos son justos, y no tiene nada que objetar en contra de ellos. Esto es lo que se entiende por verdadero arrepentimiento por el pecado; y a aquel que en el tiempo presente entra en este infierno, nadie puede consolarlo. Ahora bien, Dios no ha abandonado a un hombre en este infierno, sino que está poniendo su mano sobre él, para que el hombre no desee ni estime otra cosa que el Bien eterno únicamente. Y entonces, cuando al hombre ya no le importa ni desea otra cosa que el Bien eterno solamente, y no se busca a sí mismo ni a lo suyo, sino tan solo la honra de Dios, es hecho partícipe de toda clase de gozo, bienaventuranza, paz, descanso y consuelo, y así el hombre se encuentra en adelante en el reino de los cielos. Este infierno y este cielo son dos buenos y seguros caminos para el hombre, y dichoso aquel que verdaderamente los halla”.
¡Qué mucho más activo y positivo es el impulso del escritor cristiano de aceptar su lugar en el universo! Marco Aurelio acepta el plan; el teólogo alemán está de acuerdo con él. Literalmente rebosa de conformidad, sale corriendo a abrazar los divinos decretos.
A veces, es verdad, el estoico se eleva a algo parecido a una calidez de sentimiento cristiana, como en el tan citado pasaje de Marco Aurelio:—
“Todo harmoniza conmigo lo que es harmonioso para ti, ¡oh Universo! Nada me resulta demasiado temprano ni demasiado tarde, si para ti llega a su debido tiempo. Todo fruto es para mí el que tus estaciones aportan, ¡oh Naturaleza!: de ti son todas las cosas, en ti consisten todas las cosas, a ti todas las cosas retornan. El poeta dice: Amada ciudad de Cécrope; ¿y no dirás tú: Amada ciudad de Zeus?”