No veo por qué los metodistas han de objetar tal punto de vista. Les ruego que vuelvan atrás y recuerden una de las conclusiones a las que intenté conducirles en mi mismísima primera conferencia. Recordarán cómo argumenté allí en contra de la noción de que el valor de una cosa pueda decidirse por su origen.
Nuestro juicio espiritual, dije, nuestra opinión sobre el significado y el valor de un evento o condición humana, debe decidirse exclusivamente sobre bases empíricas.
Si los frutos para la vida del estado de conversión son buenos, debemos idealizarlo y venerarlo, aun cuando sea una pieza de psicología natural; si no, debemos acabar rápidamente con él, sin importar qué ser sobrenatural pueda haberlo infundido.
Pues bien, ¿cómo es esto con estos frutos? Si exceptuamos la clase de los santos eminentes cuyos nombres iluminan la historia, y consideramos únicamente el común de los «santos», los miembros de iglesia dueños de tienda y los ordinarios jóvenes o de mediana edad receptores de una conversión instantánea, ya sea en reuniones de avivamiento o en el curso espontáneo del crecimiento metódico,