¿Bajo qué condiciones biográficas exactas produjeron los escritores sagrados sus diversas contribuciones al volumen sagrado? ¿Y qué tenían exactamente en sus mentes individuales cuando pronunciaron sus expresiones? Estas son manifiestamente cuestiones de hecho histórico, y no se ve cómo la respuesta a ellas puede decidir de buenas a primeras la cuestión ulterior: ¿de qué utilidad debería sernos un volumen semejante, con su modo de venir a la existencia así definido, como guía para la vida y como revelación?
Para responder a esta otra pregunta, ya debemos tener en nuestra mente algún tipo de teoría general sobre cuáles deben ser las peculiaridades de una cosa que le otorgan valor a efectos de revelación; y esta misma teoría sería lo que acabo de llamar un juicio espiritual.
Combinándola con nuestro juicio existencial, podríamos en verdad deducir otro juicio espiritual en cuanto al valor de la Biblia. Así, si nuestra teoría del valor de la revelación afirmara que cualquier libro, para poseerlo, debe haber sido compuesto de manera automática o no por el libre capricho del escritor, o que no debe mostrar ningún error científico e histórico y no expresar pasiones locales o personales, a la Biblia probablemente le iría mal en nuestras manos.
Pero si, por otra parte, nuestra teoría debiera admitir que un libro bien puede ser una revelación a pesar de los errores y pasiones y de la deliberada composición humana, con tal que sea un registro verdadero de las experiencias internas de personas de alma grande que pugnan con las crisis de su sino, entonces el veredicto sería mucho más favorable. Ya veis que los hechos existenciales por sí solos son insuficientes para determinar el valor; y los mejores adeptos de la alta crítica en consecuencia nunca confunden el problema existencial con el espiritual.