“Ah, amigo, tú también has de morir: ¿por qué te lamentas así? También Patroclo ha muerto, que era mucho mejor que tú. […] Sobre mí también se ciernen la muerte y el hado cruel. Llegará la mañana, la tarde o un mediodía en que la vida también a mí me la quitará alguien en la batalla, ya sea que con la lanza me hiera, o con flecha de la cuerda.”
Luego Aquiles decapita salvajemente al pobre muchacho con su espada, lo arropa del pie y lo arroja al Escamandro, y llama a los peces del río para que se coman la blanca grasa de Licaón.
Del mismo modo que aquí la crueldad y la compasión suenan verdaderas, y no se mezclan ni interfieren la una con la otra, así los griegos y los romanos mantuvieron todas sus tristezas y alegrías sin mezclar e íntegras.
De un bien instintivo no consideraban el pecado; ni tenían tal deseo de salvar el prestigio del universo como para empeñarse, como nos empeñamos tantos de nosotros, en que lo que se presenta