Si, por tanto, damos el nombre de actitud sanamente mental a la tendencia que contempla todas las cosas y ve que son buenas, descubrimos que debemos distinguir entre una manera más involuntaria y otra más voluntaria o sistemática de poseer dicha actitud.
En su variedad involuntaria, la actitud sanamente mental es una forma de sentirse feliz con las cosas de inmediato.
En su variedad sistemática, es una manera abstracta de concebir las cosas como buenas. Toda manera abstracta de concebir las cosas selecciona algún aspecto de ellas como su esencia por el momento, y pasa por alto los demás aspectos.
La actitud sanamente mental sistemática, al concebir el bien como el aspecto esencial y universal del ser, excluye deliberadamente el mal de su campo de visión; y aunque, planteado esto tan desnudamente, esto pudiera parecer una proeza difícil de realizar para quien es intelectualmente sincero consigo mismo y honesto respecto a los hechos, una breve reflexión muestra que la situación es demasiado compleja como para quedar expuesta a una crítica tan simple.
En primer lugar, la felicidad, como cualquier otro estado emocional, tiene la ceguera y la insensibilidad ante los hechos contrarios dadas como su arma instintiva para su autoprotección contra la perturbación.
Cuando la felicidad se posee realmente, el pensamiento del mal no puede adquirir en mayor medida el sentimiento de realidad que el pensamiento del bien puede cobrar realidad cuando reina la melancolía.
Para el hombre activamente feliz, por el motivo que sea, sencillamente no se puede creer en el mal en ese preciso momento. Debe ignorarlo; y ante el espectador puede parecer entonces que, de manera perversa, cierra los ojos ante él y lo silencia.