ser gradual, en caso de producirse, y tendrá que asemejarse a cualquier simple crecimiento hacia nuevos hábitos. Su posesión de un yo subliminal desarrollado, y de un margen permeable o poroso, es por tanto una conditio sine qua non para que el Sujeto se convierta de manera instantánea. Pero si ustedes, siendo cristianos ortodoxos, me preguntan como psicólogo si la atribución de un fenómeno a un yo subliminal no excluye por completo la noción de la presencia directa de la Divinidad, tengo que responder con franqueza que, como psicólogo, no veo por qué debería ser así necesariamente. * Las manifestaciones inferiores de lo Subliminal, en efecto, entran dentro de los recursos del sujeto personal: su material sensorial ordinario, captado sin atención y recordado y combinado subconscientemente, explicará todos sus automatismos habituales. * Pero así como nuestra conciencia principal en plena vigilia abre nuestros sentidos al tacto de las cosas materiales, es lógicamente concebible que, si existen agencias espirituales superiores capaces de tocarnos directamente, la condición psicológica para que lo hagan sea que poseamos una región subconsciente que sea la única en brindarles acceso. > El bullicio de la vida en vigilia podría cerrar una puerta que, en lo Subliminal ensimismado, tal vez permanezca
Así pues, esa percepción de control externo que constituye un rasgo tan esencial en la conversión podría, al menos en algunos casos, interpretarse tal como la interpreta la ortodoxia: fuerzas que trascienden al individuo finito podrían impresionarlo, a condición de que este sea lo que podemos llamar un espécimen humano subliminal.
Pero, en cualquier caso, el valor de estas fuerzas tendría que determinarse por sus efectos, y el mero hecho de su trascendencia no establecería por sí mismo ninguna presunción de que fueran más divinas que diabólicas.