“Estas preguntas son las más simples del mundo. Desde el niño necio hasta el anciano más sabio, están en el alma de todo ser humano. Sin una respuesta para ellas, es imposible, como comprobé por experiencia propia, que la vida continúe. “«Pero tal vez —me decía a menudo—, haya algo que no he logrado notar o comprender. No es posible que esta condición de desesperación sea natural para la humanidad». Y busqué una explicación en todas las ramas del conocimiento adquiridas por los hombres. Interrogué de forma dolorosa, prolongada y sin curiosidad ociosa. Busqué, no con indolencia, sino con laboriosidad y obstinación durante días y noches enteros. Busqué como un hombre que está perdido y busca salvarse, y no encontré nada. Me convencí, además, de que todos aquellos que antes que yo habían buscado una respuesta en las ciencias tampoco habían encontrado nada. Y no solo eso, sino que habían reconocido que aquello mismo que me conducía a la desesperación —la absurda falta de sentido de la vida— es el único conocimiento incontestable accesible al hombre.”
Para demostrar este punto, Tolstói cita a Buda, a Salomón y a Schopenhauer. Y encuentra solo cuatro maneras en que los hombres de su propia clase y sociedad están acostumbrados a afrontar la situación. Ya sea la pura ceguera animal, chupando la miel sin ver al dragón ni a los ratones —«y de tal modo», dice, «no puedo aprender nada, después de lo que ahora sé»—; o el epicureísmo reflexivo, arrebatando lo que puede mientras dura el día —que no es más que una clase de aturdimiento más deliberada que la primera—; o el suicidio varonil; o ver a los ratones y al dragón y, aun así, aferrarse débil y lamentablemente al arbusto de la vida.