Si ahora él no volviera jamás, y nunca volviera a permitir que los intereses políticos cobrasen dominio sobre él, sería, a todos los efectos prácticos, un ser permanentemente transformado.
Nuestras alteraciones ordinarias de carácter, al pasar de uno de nuestros propósitos a otro, no suelen llamarse transformaciones, debido a que cada una es sucedida tan rápidamente por otra en dirección contraria; pero siempre que un propósito se vuelve tan estable como para expulsar definitivamente a sus rivales previos de la vida del individuo, tendemos a hablar del fenómeno, y quizás a maravillarnos ante él, como de una «transformación».
Estas alternancias son la más completa de las maneras en que un yo puede dividirse.
Una manera menos completa es la coexistencia simultánea de dos o más grupos diferentes de propósitos, de los cuales uno prácticamente tiene el derecho de paso e instiga la actividad, mientras que los otros son solo piadosos deseos y nunca llegan prácticamente a nada.
Las aspiraciones de san Agustín a una vida más purificada, en nuestra última conferencia, fueron un ejemplo durante un tiempo. Otro sería el presidente en su pleno orgullo de cargo, preguntándose si no sería todo vanidad, y si la vida de un leñador no sería un destino más saludable.
Tales aspiraciones fugaces son meras velleitates, antojos. Existen en las periferias más remotas de la mente, y el verdadero yo del hombre, el centro de sus energías, está ocupado con un sistema enteramente diferente.