Las características de la experiencia afectiva que, para evitar ambigüedades, deberían, a mi juicio, llamarse estado de certidumbre más que estado de fe, pueden enumerarse fácilmente, aunque probablemente sea difícil formarse una idea de su intensidad a menos que uno mismo haya pasado por la experiencia.
La central es la pérdida de toda preocupación, la sensación de que, en última instancia, todo marcha bien con uno, la paz, la armonía, la disposición a ser, aun cuando las condiciones externas sigan siendo las mismas. La certeza de la «gracia» de Dios, de la «justificación», de la «salvación», es una creencia objetiva que por lo general acompaña al cambio en los cristianos; pero esta puede faltar por completo y aun así la paz afectiva seguir siendo la misma—usted recordará el caso del graduado de Oxford—; y se podrían citar muchos otros en los que la seguridad de la salvación personal fue solo un resultado posterior. Una pasión de disposición, de aquiescencia, de admiración, es el centro luminoso de este estado mental.
El segundo rasgo es la sensación de percibir verdades antes desconocidas. Los misterios de la vida se vuelven lúcidos, como dice el profesor Leuba; y a menudo, qué digo, por lo general, la solución es más o menos inexpresable con palabras. Pero estos fenómenos más intelectuales pueden posponerse hasta que tratemos del misticismo.