religiosos. Todos y cada uno de estos son casos especiales de tipos de experiencia humana de un alcance mucho mayor. La melancolía religiosa, cualesquiera que sean las peculiaridades que posea qua religiosa, es a fin de cuentas melancolía. La felicidad religiosa es felicidad. El trance religioso es trance. Y en el momento en que renunciamos a la absurda noción de que una cosa queda descartada tan pronto como se la clasifica con otras, o se muestra su origen; en el momento en que aceptamos atenernos a los resultados experimentales y a la cualidad interna al juzgar los valores—¿quién no ve que es probable que determinemos el significado distintivo de la melancolía y la felicidad religiosas, o de los trances religiosos, mucho mejor comparándolos tan concienzudamente como podamos con otras variedades de melancolía, felicidad y trance, que negándonos a considerar su lugar en cualquier serie más general y tratándolos como si estuvieran completamente fuera del orden de la naturaleza?
Espero que el curso de estas conferencias nos confirme en esta suposición. En lo que respecta al origen psicopático de tantos fenómenos religiosos, eso no sería en lo