Cuando un buen texto vuelve a casa con él,
«Esto», escribe, «me dio gran ánimo durante el espacio de dos o tres horas»;
o
«Este fue un buen día para mí, espero no olvidarlo»;
o
“La gloria de estas palabras pesaba entonces tanto sobre mí, que estuve a punto de desmayarme mientras estaba sentado; mas no de dolor y tribulación, sino de un sólido gozo y paz”;
o
“Esto se apoderó extrañamente de mi espíritu; trajo luz consigo y ordenó silencio en mi corazón a todos aquellos pensamientos tumultuosos que antes solían, como perros del infierno sin dueño, rugir y bramar y hacer un ruido horrible dentro de mí. Me mostró que Jesucristo no había del todo abandonado ni desechado a mi alma”.
Tales períodos se acumulan hasta que puede escribir:
«Y ahora solo quedaba la parte trasera de la tempestad, pues el trueno se había ido más allá de mí, y solo quedaban algunas gotas que de vez en cuando caían sobre mí»;—
y al fin: