Concebíos, si es posible, de repente despojados de toda la emoción con que vuestro mundo os inspira ahora, e intentad imaginarlo tal como existe, puramente en sí mismo, sin vuestro comentario favorable o desfavorable, esperanzado o aprensivo.
Os será casi imposible realizar semejante condición de negatividad y muerte. Ninguna porción del universo tendría entonces importancia por encima de otra; y el conjunto de sus cosas y la serie de sus acontecimientos carecerían de significado, carácter, expresión o perspectiva.
Todo lo de valor, interés o significado de lo que nuestros respectivos mundos puedan parecer dotados son, por tanto, puros obsequios de la mente del espectador.
La pasión del amor es el ejemplo más familiar y extremo de este hecho. Si llega, llega; si no llega, ningún proceso de razonamiento puede forzarla.
Sin embargo, transforma el valor de la criatura amada tan por completo como la salida del sol transforma el Mont Blanc de un gris cadavérico a un encanto rosado; y hace que todo el mundo suene con una nueva melodía para el amante y da un nuevo sentido a su vida.
Lo mismo ocurre con el miedo, con la indignación, los celos, la ambición, la adoración. Si están ahí, la vida cambia. Y el que estén ahí o no depende casi siempre de condiciones ilógicas, a menudo orgánicas.
Y así como el interés emocionado que estas pasiones ponen en el mundo es nuestro regalo para el mundo, de la misma manera las pasiones en sí