visión del ojo o la sensibilidad de la piel, es una decisión que nunca aparece de manera inequívoca en las páginas de Emerson. Oscila en la frontera de estas cosas, inclinándose a veces hacia un lado, a veces hacia el otro, para ajustarse a la necesidad literaria más que a la filosófica. Sea lo que sea, sin embargo, es activa. Como si fuera un Dios, podemos confiar en ella para que proteja todos los intereses ideales y mantenga recto el equilibrio del mundo. Las frases en las que Emerson, hasta el final mismo, dio expresión a esta fe son tan magníficas como lo mejor de la literatura:
“Si amas y sirves a los hombres, no puedes, mediante ocultación o estratagema alguna, escapar a la retribución. Las retribuciones secretas siempre están restableciendo el nivel, cuando es perturbado, de la justicia divina. Es imposible inclinar el fiel. En vano todos los tiranos y propietarios y monopolistas del mundo apoyan sus hombros para alzar la barra. Se estabiliza para siempre el ecuador ponderoso en su línea, y el