Todo este tiempo, las sectas más habituales del protestantismo no han concedido tal importancia a la conversión instantánea.
Para ellas, al igual que para la Iglesia católica, la sangre de Cristo, los sacramentos y los deberes religiosos ordinarios del individuo se supone en la práctica que bastan para su salvación, aun cuando no se experimente ninguna crisis aguda de auto-desesperación y rendición seguida de alivio.
Para el metodismo, por el contrario, a menos que haya habido una crisis de este tipo, la salvación solo se ofrece, no se recibe de manera efectiva, y el sacrificio de Cristo en esa medida es incompleto.
Sin duda, el metodismo sigue aquí, si no el instinto espiritual de mentalidad más sana, sí en conjunto el más profundo. Los modelos individuales que ha establecido como típicos y dignos de imitación no solo son los más interesantes desde el punto de vista dramático, sino que psicológicamente han sido los más completos.
En el Renacimiento religioso (Revivalism) plenamente evolucionado de la Gran Bretaña y de América tenemos, por decirlo así, el procedimiento codificado y estereotipado al que ha conducido esta forma de pensar.
A pesar del hecho indiscutible de que existen santos del tipo de los nacidos una sola vez, de que puede haber un crecimiento gradual en la santidad sin un cataclismo; a pesar de la evidente filtración (por así decirlo) de mucha bondad puramente natural en el esquema de salvación; el revivalism siempre ha asumido que solo su propio tipo de experiencia religiosa puede ser perfecto: primero hay que ser clavado en la cruz de la desesperación y la agonía naturales, y luego, en un abrir y cerrar de ojos, ser liberado milagrosamente.