Sentí como si quisiera conversar con ellos, y por fin hablé, diciendo: “¡Oh, afectuosos ángeles! ¿Cómo es posible que os intereséis tanto por nuestro bienestar, y nosotros nos interesemos tan poco por el nuestro?”. Tras esto, me costó conciliar el sueño; y cuando desperté por la mañana, mis primeros pensamientos fueron: ¿Qué ha sido de mi felicidad?; y al sentir un grado de ella en mi corazón, pedí más, lo cual me fue concedido tan rápido como el pensamiento. Me levanté entonces para vestirme y descubrí con sorpresa que apenas podía mantenerme en pie. Me pareció que era un pequeño cielo en la tierra. Mi alma se sintió tan completamente liberada de los temores de la muerte como de irse a dormir; y como un pájaro en una jaula, tenía el deseo, si era la voluntad de Dios, de librarme de mi cuerpo y morar con Cristo, aunque dispuesto a vivir para hacer el bien a los demás y advertir a los pecadores que se arrepientan. Bajé las escaleras sintiéndome tan solemne como si hubiera perdido a todos mis amigos, y pensando para mis adentros que no se lo diría a mis padres hasta haber mirado primero en el Testamento. Fui directo a la estantería y lo consulté, en el octavo capítulo de Romanos, y cada versículo parecía casi hablar y confirmar que era verdaderamente la Palabra de Dios, y como si mis sentimientos se correspondieran con el significado de la palabra. Entonces se lo conté a mis padres, y les dije que debían de notar que, cuando hablaba, no era mi propia voz, pues a mí así me lo parecía. Mi habla parecía estar enteramente bajo el control del Espíritu dentro de mí; no quiero decir que las palabras que pronuncié no fuesen mías, porque lo eran. Pensé que me hallaba influenciado de manera similar a los Apóstoles el día de Pentecostés (con la excepción de tener el poder de comunicarlo
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Conferencia IX
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