probablemente coincidirán en que ningún esplendor digno de una criatura totalmente sobrenatural fulgura en ellos, ni los aparta de los mortales que jamás han experimentado tal favor. Si fuese verdad que un hombre súbitamente convertido como tal es, como dice Edwards, de una especie totalmente diferente a la de un hombre natural, al participar como participa directamente de la sustancia de Cristo, ciertamente debería haber alguna marca de clase exquisita, alguna resplandecencia distintiva adherida incluso al más humilde espécimen de este género, ante la cual ninguno de nosotros podría permanecer insensible y que, hasta donde alcanzara, lo probaría más excelente que incluso el más altamente dotado entre los simples hombres naturales. Pero es bien sabido que no existe tal resplandecencia. Los hombres convertidos como clase son indistinguibles de los hombres naturales; algunos hombres naturales incluso superan a algunos hombres convertidos en sus frutos; y nadie que ignorara la teología dogmática podría adivinar por la mera inspección cotidiana de los «accidentes» de los dos grupos de personas ante él, que su sustancia difería tanto como la sustancia divina difiere de la humana.
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Conferencia X: Conversión—Conclusión
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