Aquel a quien la Razón guía, según Spinoza, es guiado por completo mediante el influjo del bien en su mente. El conocimiento del mal es un conocimiento «inadecuado», apto solo para mentes serviles. De modo que Spinoza condena categóricamente el arrepentimiento. Cuando los hombres cometen errores, dice—
“Uno podría quizá esperar que los remordimientos de conciencia y el arrepentimiento ayudasen a encauzarlos por el buen camino, y podría por consiguiente concluir (como todo el mundo concluye) que estos afectos son cosas buenas. Sin embargo, cuando examinamos el asunto de cerca, descubrimos que no solo no son buenos, sino que por el contrario son pasiones perniciosas y malas. Pues es evidente que siempre podemos arreglarnos mejor mediante la razón y el amor a la verdad que mediante la zozobra de la conciencia y el remordimiento. Nocivos son estos y malos, en la medida en que forman una clase particular de tristeza; y las desventajas de la tristeza —continúa— ya las he demostrado, y he mostrado que debemos esforzarnos por mantenerla alejada de nuestra vida. Del mismo modo deberíamos esforzarnos, puesto que la inquietud de conciencia y el remordimiento son de esta índole, por huir y evitar estos estados de ánimo”.
Dentro del cuerpo cristiano, para el cual el arrepentimiento de los pecados ha sido desde el principio el acto religioso fundamental, la actitud de ánimo sano siempre se ha presentado con su interpretación más benévola. El arrepentimiento, según tales cristianos de ánimo sano, significa alejarse del pecado, no lamentarse ni retorcerse por haberlo cometido. La práctica católica de la confesión y la absolución es, en uno de sus aspectos, poco más que un método sistemático para mantener arriba el