«Es como si viviera en otro siglo», dice un paciente de un manicomio.—«Lo veo todo a través de una nube», dice otro, «las cosas ya no son como eran, y yo he cambiado».—«Veo», dice un tercero, «toco, pero las cosas no se acercan a mí, un espeso velo altera el matiz y el aspecto de todo».—«Las personas se mueven como sombras, y los sonidos parecen venir de un mundo lejano».—«Ya no hay ningún pasado para mí; la gente parece muy extraña; es como si no pudiera ver ninguna realidad, como si estuviera en un teatro; como si la gente fuera actores y todo fuera escenografía; ya no puedo encontrarme a mí mismo; camino, pero ¿por qué? Todo flota ante mis ojos, pero no deja ninguna impresión».—«Lloro lágrimas falsas, tengo manos irreales: las cosas que veo no son cosas reales».—Tales son las expresiones que brotan naturalmente de los labios de los sujetos melancólicos al describir su estado alterado.
Ahora bien, hay algunos sujetos a quienes todo esto deja a merced del más profundo asombro. La extrañeza está mal. La irrealidad no puede ser. Se oculta un misterio y debe existir una solución metafísica. Si el mundo natural tiene doble cara y resulta inhóspito, ¿qué mundo, qué cosa es real? Se desencadena una urgencia de asombro e interrogación,