genéricamente como reacciones religiosas. «Él cree en el No-Dios, y lo adora», dijo un colega mío acerca de un estudiante que estaba manifestando un gran ardor ateo; y los oponentes más fervientes de la doctrina cristiana han demostrado con bastante frecuencia un temple que, psicológicamente considerado, es indistinguible del celo religioso.
Pero un uso tan sumamente amplio de la palabra «religión» resultaría inconveniente, por muy defensible que pudiera seguir siendo sobre bases lógicas.
Existen actitudes triviales y burlonas incluso hacia la totalidad de la vida; y en algunos hombres estas actitudes son definitivas y sistemáticas. Forzaría demasiado el uso ordinario del lenguaje calificar tales actitudes de religiosas, aun cuando, desde el punto de vista de una filosofía crítica e imparcial, pudieran concebiblemente ser modos perfectamente razonables de contemplar la vida.
Voltaire, por ejemplo, le escribe así a un amigo, a la edad de setenta y tres años: